Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas

jueves, febrero 25, 2010

Poesía regalada

La poesía últimamente me está ayudando. Cuando la leo respiro tranquilidad, entra por mi cuerpo una especie de paz que solo me dio alguna vez algún porrito de esos locos a los que me invitaba un amigo. Y ni siquiera era capaz de fumármelo solo. Es una paz que comparo con la misma que sienten los beatos que van en procesión un Domingo de Ramos, o el de las beatas que van en peregrinación a Fátima para intentar que les curen sus dolores de varices. Algo así.
Alguna veces cuando leo pienso en que yo sería incapaz de hacer una cosa así, tan majestuosa y tan sencilla, tan lírica y tan brutal. Saben decir tanto en tampoco que algunas veces me da miedo esa capacidad de síntesis, esa capacidad de resumir un pensamiento, es más que un aforismo pero menos que una novela. Es la maldita poesía que me come las entrañas.
Mañana cogeré Sobre los ángeles de Alberti y le daré una segunda vuelta. No es que me haya hecho surrealista (más es imposible) es que aún no he conseguido captarlo en condiciones y, además, me viene bien para un examen que tengo ya mismo sobre ese libro. Lo bueno de tener Literatura Contemporánea en tercero de carrera es que me está ayudando a leer cosas que debía leer por devoción y que ahora mezclo con la obligación. Si algo me gusta y además me recompensa...
Es interesante todas las cosas que se pueden hacer con la poesía, más allá de simples palabras, se pueden deformar los versos, se pueden trastocar, volverlos locos para darles un sentido e ir más allá de la propia Literatura. La poesía hoy en día es un experimiento, o eso creo. Me gustan las cosas sintéticas, que son capaces de resumirme mucho en tan poco que no llegue a aburrirme. Por suerte se acabaron las églogas y llegó el verso libre, la no-rima, el futuro de la poesía.
En realidad no sé dónde nos llevaran las locuras de los poetas solo sé que hoy disfruto más con ella que ayer, un ayer lejano que espero que no vuelva. Porque la poesía aún no ha conseguido cansarme.

Todo esto no es solo para hablar de poesía. Es que quería meterles por aquí una publi baratita de dos amigas mías y colaboradoras en la revista Ohjas Sueltass, de la que ya les he hablado. No las trato aquí porque sean colaboradoras del proyecto, no, ni mucho menos, ustedes van a leer sus blogs y se van a dar cuenta de que merecen la pena.
Como no sé por cual de las dos empezar voy a darles unas características sueltas de ambas, mezcladas, y ya ustedes deciden:
En una no se nota la juventud y en la otra no se nota la madurez. Las dos son capaces de hacer versos con sentido por separado, también junto. Son parecidos los estilos aunque también muy distantes.
La verdad es que las dos me tienen loquito y cada vez que me apetece entro y leo lo que van publicando. Tampoco entro siempre y ni siquiera comento. Es más, verán que ni las tengo agregadas a mi blogroll (aunque esto lo arreglaré en otro momento).
Aquí les dejo a María Sánchez y a Isabel Serrano. Dos poetas de hoy que, seguramente, también lo serán mañana:

martes, marzo 24, 2009

Dos regalitos musicales

Ya saben que soy gran aficionado a la poesía y a la música y que hay veces que las dos se unen y para mí eso es como tener un orgasmo cósmico, que no físico. Lo suelo compartir con ustedes porque creo que pueden sentir lo mismo que yo, que también pueden disfrutarlo tanto como yo. Las dos están cantadas por Enrique Morente, al que ya saben que admiro. La primera es de Béquer y la segunda de Lorca.



Yo sé cuál el objeto
de tus suspiros es;
conozco yo la causa de tu dulce,
secreta languidez.
¿Te ríes...? Algún día
sabrás, niña, por qué:
tú acaso lo sospechas,
y yo lo sé.

Yo sé lo que tú sueñas,
y lo que en sueños ves;
como en un libro puedo lo que callas
en tu frente leer.
¿Te ries...? Algún día
sabrás, niña, por qué:
tú acaso lo sospechas,
y yo lo sé.

Yo sé por qué te sonríes
y lloras a la vez;
penetro en los senos misteriosos
de tu alma de mujer.
¿Te ries...? Algún día
sabrás, niña, por qué:
tú mientras sientes mucho y nada sabes,
yo, que no siento ya, todo lo sé.

Y esta es la segunda:



El Sueño va sobre el Tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del Sueño.


¡Ay, cómo canta el alba! ¡Cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

El Tiempo va sobre el Sueño
hundido hasta los cabellos.
Ayer y mañana comen
oscuras flores de duelo.

¡Ay, cómo canta la noche! ¡Cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!

Sobre la misma columna,
abrazados Sueño y Tiempo,
cruza el gemido del niño,
la lengua rota del viejo.

¡Ay cómo canta el alba! ¡Cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!

Y si el Sueño finge muros
en la llanura del Tiempo,
el Tiempo le hace creer
que nace en aquel momento.

¡Ay, cómo canta la noche! ¡Cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

lunes, diciembre 22, 2008

La campaña del condón y alguna cosa más

La verdad es que me apetece poco ponerme a actualizar porque sigo con el maldito resfriado que ya me dura desde hace una semana y casi media... Total, que ahora mis oídos están taponados y estoy un poco mareado pero ustedes sabrán perdonarme si hay algún patazo por aquí.
Lo primero de lo que quería hablarles es de la pésima campaña pro-condón del Gobierno, eso de con koko que tanta gracia me hace. La pena es que han desterrado el mítico Póntelo, pónselo que los de mi generación llevamos como bandera porque han sido muchos años con él, muchos años siendo coreado incluso por nuestros padres cuando nos veían desaparecer con dieciséis añitos por la puerta. Al parecer el rapero Nach dice que le han copiado la canción, o la música, o algo de eso, y se está quejando. Pero parece que por parte del Ministerio pasan un poco de él. Les dejo aquí el video de la campaña:


Como ven, es la chica la que lleva la iniciativa aunque luego el rubio, acojonado por no mojar, dice que, por supuesto, se lo pone. La letra deja bastante que desear y el anuncio un poco también. Yo, ya les he dicho, opto por el entrañable Póntelo, pónselo.
Por si les interesa, aquí está la web Yopongocondon para que adviertan a sus hijos e hijas sobre el uso de este importante instrumento o, si son jóvenes, para que se conciencen. Si son jóvenes y embarazadas... ya saben lo que deberían haber hecho.

Por otro lado, ya tenemos en internet un generador de novelas superventas para que ustedes copien el argumento y solo la desarollen. Le dan, además, el título y, si lo prefieren, ustedes mismos pueden protagonizarla. La amiga Regina ya habló de ello pero no por ello voy a dejar yo de dar mi opinión que sino vaya un fraude de blog. Me parece una buena idea, y no por el generador de argumentos, por ser una crítica feroz a la novela que tanto se lleva actualmente, en su mayoría prefabricadas y sin ningún buen gusto literario, la literariedad se la han dejado en cualquier lugar menos en la obra. No disfruto con ese tipo de novelas y por ello no las leo además de recomendar que no se lean porque llegan a un punto en que dejan de entretener incluso.
Visiten si les apetece y péguense unas risas a mi salud.


También de risa es el nuevo disco de mis admirados Mojinos Escozíos, un disco tremendo con el que no paras de reír siempre que tengas una forma de ver las cosas divertida y rockera. No pasa si no le gusta no pinche el videoclip que aquí les dejo debajo. Píllense Los novios que las madres nunca quisieron para sus hijas y se reirán, ya se lo garantizo yo.


Añado eso de los seguidores del blog a ver si hay alguno al menos y una canción nueva también de los Mojinos.

martes, diciembre 16, 2008

Tempus fugit

Donde mejor se ve la representación del tempus fugit es en lo que los expertos en Literatura llaman el Siglo de Oro de la poesía española, que no es otro siglo que el Barroco con exponentes tan importantes como Góngora, Lope de Vega o Quevedo. Y es de este último, del que ya les puse algo hace tiempo, del que les pongo un soneto donde esta máxima se ve perfectamente.

Fue sueño ayer, mañana será tierra.
¡Poco antes nada, y poco después humo!
¡Y destino ambiciones, y presumo
apenas punto al cerco que me cierra!

Breve combate de importuna guerra,
en mi defensa, soy peligro sumo,
y mientras con mis armas me consumo,
menos me hospeda el cuerpo que me entierra.

Ya no es ayer, mañana no ha llegado;
hoy pasa y es y fue, con movimiento
que a la muerte me lleva despeñado.

Azadas son la hora y el momento
que a jornal de mi pena y mi cuidado
cavan en mi vivir mi monumento.

Es cierto que el tiempo pasa irremisiblemente, pero esta forma de ver la vida y la muerte es cosa del desengaño que provocó una profunda crisis en España. Espero, y deseo, que a nuestros actuales poetas españoles, que los hay y muy buenos, no les dé por la llantina y el tempus fugit porque entonces ya no sabré dónde refugiarme cuando tenga resfriados como el que en el día de hoy me está acechando y asesinando las ganas.

viernes, noviembre 14, 2008

Vuelta de paseo

Vuelvo por aquí para dejarles un bonito poema y una canción que lo tiene por letra. Vuelta de paseo fue publicado dentro del poemario Poeta en Nueva York que Federico García Lorca escribió desde allí y que es, posiblemente, uno de los poemas que mejor representen el surrealismo español. Lo escribió después de Romancero Gitano por el que fue insultado por Dalí y Buñuel en esa magnífica película llamada Un perro andaluz. Además, el catalán llamaba al granadino el podrido por haber escrito de lo más añejo de su cultura, supongo que sin entender por qué Lorca lo escribió. Primero lo leen y después lo escuchan en la voz de Enrique Morente a medias con Lagartija Nick y, si quieren, pues me dicen qué les ha parecido.

Asesinado por el cielo.
Entre las formas que van hacia la sierpe
y las formas que buscan el cristal,
dejaré crecer mis cabellos.

Con el arbol de muñones que no canta
y el niño con el blanco rostro de huevo.

Con los animalitos de cabeza rota
y el agua harapienta de los pies secos.

Con todo lo que tiene cansancio sordomudo
y mariposa ahogada en el tintero.

Tropezando con mi rostro distinto de cada día.
¡Asesinado por el cielo!




lunes, octubre 20, 2008

Yo poeta decadente

Hoy he decidido regalarles las dos máximas expresiones del sentimiento unidas: la literatura y la música. Les dejo con un poema de Manuel Machado (el hermanísimo) y un extracto de una canción cantada por Enrique Morente titulada Bulería e incluída en su disco sinfónico Alegro, Soleá y Fantasía del cante jondo. Yo sé que ustedes lo van a disfrutar:



Yo, poeta decadente,
español del siglo veinte,
que los toros he elogiado,
y cantado
las golfas y el aguardiente...,
y la noche de Madrid,
y los rincones impuros,
y los vicios más oscuros
de estos bisnietos del Cid:
de tanta canallería
harto estar un poco debo;
ya estoy malo, y ya no bebo
lo que han dicho que bebía.

Porque ya
una cosa es la poesía
y otra cosa lo que está
grabado en el alma mía...

Grabado, lugar común.
Alma, palabra gastada.
Mía... No sabemos nada.
Todo es conforme y según.


martes, julio 01, 2008

En verano aprovecho...

... para ver series americanas de calidad que no tengo tiempo para ver el resto del año. Además de terminar la segunda temporada de Los Soprano, que ya lo hice por mayo, descargar la segunda de Dexter y almacenarla... he decidido ser un friki más en vez de un intelectualoide que ve series americanas (esto es broma) y ver Perdidos. Es cierto que tenía mis reservas y decía que yo de eso nada, que esa serie tiene tras ella un movimiento friki que no, que me echaba un poco para atrás porque, sinceramente, me esperaba otra cosa. La serie parece tener un guión fantástico, y la serie está hecha con gusto. La recomiendo si es que no la han visto ya. Una serie con la que he disfrutado durante unos días de junio es con lo nuevo como productor y actor de David Duchovny. Californication la han podido ver anunciada en Cuatro, quizás no han visto ningún capítulo porque la hora es totalmente prohibitiva. La serie, sinceramente, no es para que la vean los niños pero sí los adultos (o en su defecto los nenacos que tiene más de 18 como es mi caso) porque tiene gran contenido sexual. Gran... gran... no sé si gran, pero bastante, además hay diálogos que podríamos decir que son fuertecillos que no picantones. Les dejo una foto promocional de la serie para que vean que no tiene nada que ver el papel de Duchovny con el que hacía en Expediente X:
También un video de como comienza el capítulo piloto de la serie. Les digo también que la primera temporada consta de 12 capítulos que apenas duran 25 minutos.


... para leer novelas gordas que he ido acumulando el resto del año bien sean regaladas o compradas por servidor. Por ahora estoy acabando la nueva novela de Ruiz Zafón, El juego del ángel, y tengo en lista de espera las aventuras del teniente Bevilacqua, pilladas de la biblio, lo último de Pérez Reverte y Un mundo sin fin que espero poder leermelo este verano y, seguramente, empalmarlo ya con el verano que viene.
... reviso mis cuartillas de apuntes para haber si soy capaz de comenzar mi novela inacabada en condiciones. Lo digo como si estuviese escribiendo una novela épica de esas que te tiras cuarenta años trabajando en ella. No estoy escribiendo ni siquiera una novela. No sé ni lo que es. Me parece que es como un relato que se alarga y que no se cómo terminar en condiciones. Ni cómo empezar en condiciones.
... para leer los periódicos digitales varias veces al día y empaparme de todo y de todos los lados pero no sé por qué siempre que entro en LD el ordenador parece coger más temperatura y temo que el día menos pensado reviente.
... para ir a la piscina y escaparme por ahí sin que nadie lo sepa. Apagar el móvil y que nadie me encuentre.
... para estudiar las que me quedan para septiembre.

Subo, además, el último programa del Club de Lectura de la Radio donde comentamos La mujer habitada de Gioconda Belli, una novela que no volveré a leer en la vida.

lunes, mayo 19, 2008

De los libros-persona y el óxido

Este post pretende mezclar churras con merinas. Intentaré diferenciarlo para que luego no pongan algún comentario diciendo cosas como el nene este cada día escribe peor, vaya un liazo tiene que tener en la cabeza... y esas cosas por estilo. Así que ya veré cómo lo hago pero lo haré para la claridad en la lectura, que es muy importante, que esto va a parecer un libro de Saramago.

Uno, que es dado a saltarse clases cuando tiene ganas de desayunar, se dirige al patio de Historia (vamos, donde están todas las carreras de Historia) y se pone allí a fumar mientras enseña a sus compañeros algunas de sus nuevas canciones del móvil.
De pronto, en la esquina más cercana a la puerta montan un tinglado, pequeño pero llamativo, que consiste en un cartel rosa anunciando el espectáculo que les describo a continuación: Uno de ellos hace de presentador, gritando que son las personas- libro y que van a hablar sobre qué trata cada uno de ellos. Comienza exponiendo el primero un extracto, creo que es el principio, de Cien años de Soledad, de García Márquez y que a servidor, aunque le costaba entenderlo cuando lo leyo, acabó encantándole. Pues me han ganado, me han robado el corazón. También se recitaba poesía como en el caso de una alumna francesa que, sinceramente, no recuerdo lo que ha recitado porque estaba en francés y todo no se puede dominar en esta vida. Pero también hubo poesía en español como es el caso de Elegía a Ramón Sijé que versionó Serrat en su disco dedicado a Miguel Hernández. También hubo hueco para la literatura juvenil con Charlie y la fábrica de Chocolate.
¡Han repartido hasta chapas de tres clases! Yo, como leo, las tengo de todos los tipos, que son tres versionando nombres como LeoTube, Lea (redecore su vida con un buen libro) o Leo (en vez de Lego. El chico, al volver al grupo en el que estaba, me ha explicado, tras la pregunta de rigor, que estaba basado en Farenheit 451 que leí por orden impuesta de Libertariano en 1º de Bachillerato, cuya versión cinematográfica también vimos en clase. En el libro comienzan a memorizar los libros para no olvidarlos para no olvidarlos. Díganme que no es romántica la idea. A mí me ha gustado mucho y desde aquí aplaudo al área de cultura de la UCO por esta bonita iniciativa.

Ya saben los que sean de Córdoba, o conozcan un poco esta ciudad, que a pocos metros de la Mezquita (a mí eso de Catedral no me suena bien) hay un nuevo hotel, el Córdoba Palacio, de cinco estrellas, un lujazo... ¡Oxidado! Miren, que muy bien, que es moda, que se lleva así, que, si total Córdoba ya está vieja, ¿que más da algo más oxidado? Miren, es que hay cosas que no entiendo, que no queda bonito eso ahí, en pleno centro, que todo Córdoba lo ve, que no se puede evitar. Que tiene parte bonitas, pero que lo recubren paneles agujereados oxidados, que yo cuando lo estaban construyendo y apenas quedaba una semana para la inauguración, pensaba que a ver cuando le daba la manita de pintura, que les iba a coger toro.
Córdoba y sus modernidades. ¡Qué se le va a hacer!
Miren unas fotos que he sacado de la web quecutre.com, que se publicita en las paradas de autobús, por cierto.
Por supuesto lean, sino es mucho pedir el último post de El perol sideral, que ahí si se van a pegar unas risas.

martes, abril 29, 2008

El caso Nevenka Fernández

Hoy, en el programa La Ventana de la SER comentamos Hay algo que no es como me dicen. El caso Nevenka Fernández contra la realidad, basado en el acoso sufrido por esta concejal de Hacienda allá por el 2000. Un libro interesante del que ya hablaré en otro momento, en otro post. Es de Juan José Millás y lo recomiendo fervientemente.
A las 19:30 aproximadamente, en la 93.5.


Disculpen el abandono del blog en estos días. Pero estoy liadísimo y no puedo abarcar tanto.

jueves, abril 17, 2008

Noche de monólogo

El miércoles, a las 11 de la noche estaba anunciado en el Góngora Café del centro el sensacional monologuista Sergio Fernández, el Monaguillo. Comenzó tras el fútbol, es decir, a las doce largas pero no importa porque fue genial. Supongo que habrán sentido muchas veces al salir de una película de humor, o al ver cualquier teleserie que le duele la mandíbula, que se han reído demasiado y que, seguramente, les queda un paso menos para que unas arrugas les perfilen los labios, pero ustedes, que se lo han pasado genial pues apenas les importa que el tiempo pase y las arrugas que perfilen lo que quieran que ustedes se lo han pasado genial. Pues eso mismo nos pasó anoche a mi amigo Manuel, que me descubrió que el Monaguillo venía y que nos presentó en el Góngora como cuarenta y cinco minutos antes del horario marcado aunque después comenzó más tarde, y a mí. Reír hasta la lágrima porque un tío te está contando con una visión especial la película Gremlins:

O de un viaje al Caribe, o de más películas, o de su amigo Jaime o de tantas otras cosas... Dos horas de monólogo que culminó con un espectacular aplauso y mucho comentarios del tipo este tío es bueno.
Sergio Fernández sale en la radio junto a José Luis Salas en el programa No son horas, en Onda Cero, a las 04:00 A.M, es decir, programa para noctámbulos y madrugadores. A veces lo escuchaba y ahora pues volveré a descargarlos para el MP3 o para escucharlo en casa (aquí para descargar el del 17 de abril hecho desde Córdoba y todos los demás).

Acabo con dos monólogos más,los dos últimos videos son sobre el viaje al Caribe. No se lo deben perder:




Además, añado el programa del martes 15 de abril, del Club de Lectura de la Radio en el que hablamos de Una vez Argentina (novela que no se pueden perder por nada del mundo) con el autor, Andrés Neuman.

jueves, septiembre 27, 2007

De monólogos

Los monólogos son una de esas formas de humor que, parece, últimamente están pegando más fuerte.
Hoy, de buen humor tras mi aprobado en selectividad (parece mentira tener que decir esto en septiembre), me dispongo a ofrecerles una variedad de videos de este arte:
De Buenafuente...




... de Ángel Martín...


... de Enrique Sanfrancisco...



... de Amparo Baró...

... de Agustín Jiménez, que, por cierto, le gusta mucho a mi coleguita Jesús...

... y tantos otros.
Espero que, si han visto alguno de estos videos, se hayan reído tanto como yo.

lunes, agosto 13, 2007

Larra


Esta mañana pensaba sobre qué publicar en el blog. Se me encendió una idea en alguna parte del cerebro y dije: ¿por qué no hablar sobre Larra? La gente que a mi alrededor paseaba se me quedó mirando, pensando: ¿y quién carajo es Larra? Se preguntaría el personal.
Pues Larra era un detodounpoco del Romanticismo español, pero más que nada articulista conocidísimo en Madrid. De costumbres afrancesadas encontró en esa España oscura, beata y analfabeta un filón para sus artículos críticos que, con maestría, publicaba bajo el nombre de Fígaro.
Pero le pudo el ser un romántico y acabó suicidándose bien joven. Nos dejó Larra unos artículos geniales, una novela histórica, un drama de la época, y algo más.

Les dejo con un par de artículos:

El día de difuntos de 1836

(Fígaro en el cementerio)

En atención a que no tengo gran memoria, circunstancia que no deja de contribuir a esta especie de felicidad que dentro de mí mismo me he formado, no tengo muy presente en qué artículo escribí (en los tiempos en que yo escribía) que vivía en un perpetuo asombro de cuantas cosas a mi vista se presentaban. Pudiera suceder también que no hubiera escrito tal cosa en ninguna parte, cuestión en verdad que dejaremos a un lado por harto poco importante en época en que nadie parece acordarse de lo que ha dicho ni de lo que otros han hecho. Pero suponiendo que así fuese, hoy, día de difuntos de 1836, declaro que si tal dije, es como si nada hubiera dicho, porque en la actualidad maldito si me asombro de cosa alguna. He visto tanto, tanto, tanto... como dice alguien en El Califa. Lo que sí me sucede es no comprender claramente todo lo que veo, y así es que al amanecer un día de difuntos no me asombra precisamente que haya tantas gentes que vivan; sucédeme, sí, que no lo comprendo.
En esta duda estaba deliciosamente entretenido el día de los Santos, y fundado en el antiguo refrán que dice: Fíate en la Virgen y no corras (refrán cuyo origen no se concibe en un país tan eminentemente cristiano como el nuestro), encomendábame a todos ellos con tanta esperanza, que no tardó en cubrir mi frente una nube de melancolía; pero de aquellas melancolías de que sólo un liberal español en estas circunstancias puede formar una idea aproximada. Quiero dar una idea de esta melancolía; un hombre que cree en la amistad y llega a verla por dentro, un inexperto que se ha enamorado de una mujer, un heredero cuyo tío indiano muere de repente sin testar, un tenedor de bonos de Cortes, una viuda que tiene asignada pensión sobre el tesoro español, un diputado elegido en las penúltimas elecciones, un militar que ha perdido una pierna por el Estatuto, y se ha quedado sin pierna y sin Estatuto, un grande que fue liberal por ser prócer, y que se ha quedado sólo liberal, un general constitucional que persigue a Gómez, imagen fiel del hombre corriendo siempre tras la felicidad sin encontrarla en ninguna parte, un redactor del Mundo en la cárcel en virtud de la libertad de imprenta, un ministro de España y un rey, en fin, constitucional, son todos seres alegres y bulliciosos, comparada su melancolía con aquella que a mí me acosaba, me oprimía y me abrumaba en el momento de que voy hablando.
Volvíame y me revolvía en un sillón de estos que parecen camas, sepulcro de todas mis meditaciones, y ora me daba palmadas en la frente, como si fuese mi mal de casado, ora sepultaba las manos en mis faltriqueras, a guisa de buscar mi dinero, como si mis faltriqueras fueran el pueblo español y mis dedos otros tantos gobiernos, ora alzaba la vista al cielo como si en calidad de liberal no me quedase más esperanza que en él, ora la bajaba avergonzado como quien ve un faccioso más, cuando un sonido lúgubre y monótono, semejante al ruido de los partes, vino a sacudir mi entorpecida existencia.
–¡Día de Difuntos! –exclamé.
Y el bronce herido que anunciaba con lamentable clamor la ausencia eterna de los que han sido, parecía vibrar más lúgubre que ningún año, como si presagiase su propia muerte. Ellas también, las campanas, han alcanzado su última hora, y sus tristes acentos son el estertor del moribundo; ellas también van a morir a manos de la libertad, que todo lo vivifica, y ellas serán las únicas en España ¡santo Dios!, que morirán colgadas. ¡Y hay justicia divina!
La melancolía llegó entonces a su término; por una reacción natural cuando se ha agotado una situación, ocurriome de pronto que la melancolía es la cosa más alegre del mundo para los que la ven, y la idea de servir yo entero de diversión...
–¡Fuera –exclamé–, fuera! –como si estuviera viendo representar a un actor español–: ¡fuera! –como si oyese hablar a un orador en las Cortes. Y arrojeme a la calle; pero en realidad con la misma calma y despacio como si tratase de cortar la retirada a Gómez.
Dirigíanse las gentes por las calles en gran número y larga procesión, serpenteando de unas en otras como largas culebras de infinitos colores: ¡al cementerio, al cementerio! ¡Y para eso salían de las puertas de Madrid!
Vamos claros, dije yo para mí, ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio. Pero vasto cementerio donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza o de un deseo.
Entonces, y en tanto que los que creen vivir acudían a la mansión que presumen de los muertos, yo comencé a pasear con toda la devoción y recogimiento de que soy capaz las calles del grande osario.
–¡Necios! –decía a los transeúntes–. ¿Os movéis para ver muertos? ¿No tenéis espejos por ventura? ¿Ha acabado también Gómez con el azogue de Madrid? ¡Miraos, insensatos, a vosotros mismos, y en vuestra frente veréis vuestro propio epitafio! ¿Vais a ver a vuestros padres y a vuestros abuelos, cuando vosotros sois los muertos? Ellos viven, porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte; ellos no pagan contribuciones que no tienen; ellos no serán alistados ni movilizados; ellos no son presos ni denunciados; ellos, en fin, no gimen bajo la jurisdicción del celador del cuartel; ellos son los únicos que gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo. Hablan en voz bien alta y que ningún jurado se atrevería a encausar y a condenar. Ellos, en fin, no reconocen más que una ley, la imperiosa ley de la Naturaleza que allí les puso, y ésa la obedecen.
–¿Qué monumento es éste? -exclamé al comenzar mi paseo por el vasto cementerio–. ¿Es él mismo un esqueleto inmenso de los siglos pasados o la tumba de otros esqueletos? «¡Palacio!» Por un lado mira a Madrid, es decir, a las demás tumbas; por otro mira a Extremadura, esa provincia virgen... como se ha llamado hasta ahora. Al llegar aquí me acordé del verso de Quevedo: «Y ni los v... ni los diablos veo». En el frontispicio decía: «Aquí yace el trono; nació en el reinado de Isabel la Católica, murió en La Granja de un aire colado». En el basamento se veían cetro y corona y demás ornamentos de la dignidad real. «La Legitimidad», figura colosal de mármol negro, lloraba encima. Los muchachos se habían divertido en tirarle piedras, y la figura maltratada llevaba sobre sí las muestras de la ingratitud.
¿Y este mausoleo a la izquierda? «La armería.» Leamos:
«Aquí yace el valor castellano, con todos sus pertrechos».
Los Ministerios: «Aquí yace media España; murió de la otra media».
Doña María de Aragón: «Aquí yacen los tres años».
Y podía haberse añadido: aquí callan los tres años. Pero el cuerpo no estaba en el sarcófago; una nota al pie decía:
«El cuerpo del santo se trasladó a Cádiz en el año 23, y allí por descuido cayó al mar».
Y otra añadía, más moderna sin duda: «Y resucitó al tercero día».
Más allá: ¡Santo Dios!, «Aquí yace la Inquisición, hija de la fe y del fanatismo: murió de vejez». Con todo, anduve buscando alguna nota de resurrección: o todavía no la habían puesto, o no se debía de poner nunca.
Alguno de los que se entretienen en poner letreros en las paredes había escrito, sin embargo, con yeso en una esquina, que no parecía sino que se estaba saliendo, aun antes de borrarse: «Gobernación». ¡Qué insolentes son los que ponen letreros en las paredes! Ni los sepulcros respetan.
¿Qué es esto? ¡La cárcel! «Aquí reposa la libertad del pensamiento.» ¡Dios mío, en España, en el país ya educado para instituciones libres! Con todo, me acordé de aquel célebre epitafio y añadí involuntariamente:

Aquí el pensamiento reposa,
en su vida hizo otra cosa.

Dos redactores del Mundo eran las figuras lacrimatorias de esta grande urna. Se veían en el relieve una cadena, una mordaza y una pluma. Esta pluma, dije para mí, ¿es la de los escritores o la de los escribanos? En la cárcel todo puede ser.
«La calle de Postas», «la calle de la Montera». Éstos no son sepulcros. Son osarios, donde, mezclados y revueltos, duermen el comercio, la industria, la buena fe, el negocio.
Sombras venerables, ¡hasta el valle de Josafat!
Correos. «¡Aquí yace la subordinación militar!»
Una figura de yeso, sobre el vasto sepulcro, ponía el dedo en la boca; en la otra mano una especie de jeroglífico hablaba por ella: una disciplina rota.
Puerta del Sol. La Puerta del Sol: ésta no es sepulcro sino de mentiras.
La Bolsa. «Aquí yace el crédito español». Semejante a las pirámides de Egipto, me pregunté, ¿es posible que se haya erigido este edificio sólo para enterrar en él una cosa tan pequeña?
La Imprenta Nacional. Al revés que la Puerta del Sol, éste es el sepulcro de la verdad. Única tumba de nuestro país donde a uso de Francia vienen los concurrentes a echar flores.
La Victoria. Ésa yace para nosotros en toda España. Allí no había epitafio, no había monumento. Un pequeño letrero que el más ciego podía leer decía sólo: «¡Este terreno le ha comprado a perpetuidad, para su sepultura, la junta de enajenación de conventos!»
¡Mis carnes se estremecieron! ¡Lo que va de ayer a hoy! ¿Irá otro tanto de hoy a mañana?
Los teatros. «Aquí reposan los ingenios españoles.» Ni una flor, ni un recuerdo, ni una inscripción.
«El Salón de Cortes». Fue casa del Espíritu Santo; pero ya el Espíritu Santo no baja al mundo en lenguas de fuego.

Aquí yace el Estatuto,
vivió y murió en un minuto.

Sea por muchos años, añadí, que sí será: éste debió de ser raquítico, según lo poco que vivió.
«El Estamento de Próceres.» Allá en el Retiro. Cosa singular. ¡Y no hay un Ministerio que dirija las cosas del mundo, no hay una inteligencia previsora, inexplicable! Los próceres y su sepulcro en el Retiro.
El sabio en su retiro y villano en su rincón.
Pero ya anochecía, y también era hora de retiro para mí. Tendí una última ojeada sobre el vasto cementerio. Olía a muerte próxima. Los perros ladraban con aquel aullido prolongado, intérprete de su instinto agorero; el gran coloso, la inmensa capital, toda ella se removía como un moribundo que tantea la ropa; entonces no vi más que un gran sepulcro: una inmensa lápida se disponía a cubrirle como una ancha tumba.
No había «aquí yace» todavía; el escultor no quería mentir; pero los nombres del difunto saltaban a la vista ya distintamente delineados.
«¡Fuera –exclamé– la horrible pesadilla, fuera! ¡Libertad! ¡Constitución! ¡Tres veces! ¡Opinión nacional! ¡Emigración! ¡Vergüenza! ¡Discordia!» Todas estas palabras parecían repetirme a un tiempo los últimos ecos del clamor general de las campanas del día de Difuntos de 1836.
Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.
¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! «¡Aquí yace la esperanza!»
¡Silencio, silencio!

El Español, n.º 368, 2 de noviembre de 1836.


El castellano viejo


Ya en mi edad pocas veces gusto de alterar el orden que en mi manera de vivir tengo hace tiempo establecido, y fundo esta repugnancia en que no he abandonado mis lares ni un solo día para quebrantar mi sistema, sin que haya sucedido el arrepentimiento más sincero al desvanecimiento de mis engañadas esperanzas. Un resto, con todo eso, del antiguo ceremonial que en su trato tenían adoptado nuestros padres, me obliga a aceptar a veces ciertos convites a que parecería el negarse grosería, o por lo menos ridícula afectación de delicadeza.
Andábame días pasados por esas calles a buscar materiales para mis artículos. Embebido en mis pensamientos, me sorprendí varias veces a mí mismo riendo como un pobre hombre de mis propias ideas y moviendo maquinalmente los labios; algún tropezón me recordaba de cuando en cuando que para andar por el empedrado de Madrid no es la mejor circunstancia la de ser poeta ni filósofo; más de una sonrisa maligna, más de un gesto de admiración de los que a mi lado pasaban, me hacía reflexionar que los soliloquios no se deben hacer en público; y no pocos encontrones que al volver las esquinas di con quien tan distraída y rápidamente como yo las doblaba, me hicieron conocer que los distraídos no entran en el número de los cuerpos elásticos, y mucho menos de los seres gloriosos e impasibles. En semejante situación de mi espíritu, ¿qué sensación no debería producirme una horrible palmada que una gran mano, pegada (a lo que por entonces entendí) a un grandísimo brazo, vino a descargar sobre uno de mis hombros, que por desgracia no tienen punto alguno de semejanza con los de Atlante? -No queriendo dar a entender que desconocía este enérgico modo de anunciarse, ni desairar el agasajo de quien sin duda había creído hacérmele más que mediano, dejándome torcido para todo el día, traté sólo de volverme por conocer quien fuese tan mi amigo para tratarme tan mal; pero mi castellano viejo es hombre que cuando está de gracias no se ha de dejar ninguna en el tintero. ¿Cómo dirá el lector que siguió dándome pruebas de confianza y cariño? Echome las manos a los ojos y sujetándome por detrás:
-¿Quién soy? -gritaba alborozado con el buen éxito de su delicada travesura-. ¿Quién soy?
«Un animal», iba a responderle; pero me acordé de repente de quién podría ser, y sustituyendo cantidades iguales:
-Braulio eres -le dije.
Al oírme, suelta sus manos, ríe, se aprieta los ijares, alborota la calle y pónenos a entrambos en escena.
-¡Bien, mi amigo! ¿Pues en qué me has conocido?
-¿Quién pudiera sino tú...?
-¿Has venido ya de tu Vizcaya?
-No, Braulio, no he venido.
-Siempre el mismo genio. ¿Qué quieres?, es la pregunta del español. ¡Cuánto me alegro de que estés aquí! ¿Sabes que mañana son mis días?
-Te los deseo muy felices.
-Déjate de cumplimientos entre nosotros; ya sabes que yo soy franco y castellano viejo: el pan pan y el vino vino; por consiguiente exijo de ti que no vayas a dármelos; pero estás convidado.
-¿A qué?
-A comer conmigo.
-No es posible.
-No hay remedio.
-No puedo -insisto ya temblando.
-¿No puedes?
-Gracias.
-¿Gracias? Vete a paseo; amigo, como no soy el duque de F..., ni el conde de P...
¿Quién se resiste a una sorpresa de esta especie?¿Quién quiere parecer vano?
-Pues si no es eso -me interrumpe-, te espero a las dos; en casa se come a la española; temprano.
Tengo mucha gente: tendremos al famoso X., que nos improvisará de lo lindo; T. nos cantará de sobremesa una rondeña con su gracia natural; y por la noche J. cantará y tocará alguna cosilla.
Esto me consoló algún tanto, y fue preciso ceder: un día malo, dije para mí, cualquiera lo pasa; en este mundo para conservar amigos es preciso tener el valor de aguantar sus obsequios.
-No faltarás, si no quieres que riñamos.
-No faltaré -dije con voz exánime y ánimo decaído, como el zorro que se revuelve inútilmente dentro de la trampa donde se ha dejado coger.
-Pues hasta mañana -y me dio un torniscón por despedida.
Vile marchar como el labrador ve alejarse la nube de su sembrado, y quedeme discurriendo cómo podían entenderse estas amistades tan hostiles y tan funestas.
Ya habrá conocido el lector, siendo tan perspicaz como yo le imagino, que mi amigo Braulio está muy lejos de pertenecer a lo que se llama gran mundo y sociedad de buen tono, pero no es tampoco un hombre de la clase inferior, puesto que es un empleado de los de segundo orden, que reúne entre su sueldo y su hacienda cuarenta mil reales de renta; que tiene una cintita atada al ojal y una crucecita a la sombra de la solapa; que es persona, en fin, cuya clase, familia y comodidades de ninguna manera se oponen a que tuviese una educación más escogida y modales más suaves e insinuantes. Mas la vanidad le ha sorprendido por donde ha sorprendido casi siempre a toda o a la mayor parte de nuestra clase media, y a toda nuestra clase baja. Es tal su patriotismo, que dará todas las lindezas del extranjero por un dedo de su país. Esta ceguedad le hace adoptar todas las responsabilidades de tan inconsiderado cariño; de paso que defiende que no hay vinos como los españoles, en lo cual bien pude de tener razón, defiende que no hay educación como la española, en lo cual bien pudiera no tenerla; a trueque de defender que el cielo de Madrid es purísimo, defenderá que nuestras manolas son las más encantadoras de todas las mujeres: es un hombre, en fin, que vive de exclusivas, a quien le sucede poco más o menos lo que a una parienta mía, que se muere por las jorobas sólo porque tuvo un querido que llevaba una excrecencia bastante visible sobre entrambos omóplatos.
No hay que hablarle, pues, de estos usos sociales, de estos respetos mutuos, de estas reticencias urbanas, de esa delicadeza de trato que establece entre los hombres una preciosa armonía, diciendo sólo lo que debe agradar y callando siempre lo que puede ofender. Él se muere «por plantarle una fresca al lucero del alba», como suele decir, y cuando tiene un resentimiento, se le «espeta a uno cara a cara». Como tiene trocados todos los frenos, dice de los cumplimientos que ya sabe lo que quiere decir «cumplo» y «miento»; llama a la urbanidad hipocresía, y a la decencia monadas; a toda cosa buena le aplica un mal apodo; el lenguaje de la finura es para él poco más que griego: cree que toda la crianza está reducida a decir «Dios guarde a ustedes» al entrar en una sala, y añadir «con permiso de usted» cada vez que se mueve; a preguntar a cada uno por toda su familia, y a despedirse de todo el mundo; cosas todas que así se guardará él de olvidarlas como de tener pacto con franceses. En conclusión, hombres de estos que no saben levantarse para despedirse sino en corporación con alguno o algunos otros, que han de dejar humildemente debajo de una mesa su sombrero, que llaman su «cabeza», y que cuando se hallan en sociedad por desgracia sin un socorrido bastón, darían cualquier cosa por no tener manos ni brazos, porque en realidad no saben dónde ponerlos, ni qué cosa se puede hacer con los brazos en una sociedad.
Llegaron las dos, y como yo conocía ya a mi Braulio, no me pareció conveniente acicalarme demasiado para ir a comer; estoy seguro de que se hubiera picado; no quise, sin embargo, excusar un frac de color y un pañuelo blanco, cosa indispensable en un día de días en semejantes casas; vestime sobre todo lo más despacio que me fue posible, como se reconcilia al pie del suplicio el infeliz reo, que quisiera tener cien pecados más que contar para ganar tiempo; era citado a las dos, y entré en la sala a las dos y media.
No quiero hablar de las infinitas visitas ceremoniosas que antes de la hora de comer entraron y salieron en aquella casa, entre las cuales no eran de despreciar todos los empleados de su oficina, con sus señoras y sus niños, y sus capas, y sus paraguas, y sus chanclos, y sus perritos; dejome en blanco los necios cumplimientos que se dijeron al señor de los días; no hablo del inmenso círculo con que guarnecía la sala el concurso de tantas personas heterogéneas, que hablaron de que el tiempo iba a mudar, y de que en invierno suele hacer más frío que en verano. Vengamos al caso: dieron las cuatro y nos hallamos solos los convidados. Desgraciadamente para mí, el señor de X., que debía divertirnos tanto, gran conocedor de esta clase de convites, había tenido la habilidad de ponerse malo aquella mañana; el famoso T. se hallaba oportunamente comprometido para otro convite; y la señorita que tan bien había de cantar y tocar estaba ronca, en tal disposición que se asombraba ella misma de que se la entendiese una sola palabra, y tenía un panadizo en un dedo. ¡Cuántas esperanzas desvanecidas!
-Supuesto que estamos los que hemos de comer -exclamó don Braulio-, vamos a la mesa, querida mía.
-Espera un momento -le contestó su esposa casi al oído-, con tanta visita yo he faltado algunos momentos de allá dentro y...
-Bien, pero mira que son las cuatro.
-Al instante comeremos.
Las cinco eran cuando nos sentábamos a la mesa.
-Señores -dijo el anfitrión al vernos titubear en nuestras respectivas colocaciones-, exijo la mayor franqueza; en mi casa no se usan cumplimientos. ¡Ah, Fígaro!, quiero que estés con toda comodidad; eres poeta, y además estos señores, que saben nuestras íntimas relaciones, no se ofenderán si te prefiero; quítate el frac, no sea que le manches.
-¿Qué tengo de manchar? -le respondí, mordiéndome los labios.
-No importa, te daré una chaqueta mía; siento que no haya para todos.
-No hay necesidad.
-¡Oh!, sí, sí, ¡mi chaqueta! Toma, mírala; un poco ancha te vendrá.
-Pero, Braulio...
-No hay remedio, no te andes con etiquetas.
Y en esto me quita él mismo el frac, velis nolis, y quedo sepultado en una cumplida chaqueta rayada, por la cual sólo asomaba los pies y la cabeza, y cuyas mangas no me permitirían comer probablemente. Dile las gracias: ¡al fin el hombre creía hacerme un obsequio!
Los días en que mi amigo no tiene convidados se contenta con una mesa baja, poco más que banqueta de zapatero, porque él y su mujer, como dice, ¿para qué quieren más? Desde la tal mesita, y como se sube el agua del pozo, hace subir la comida hasta la boca, adonde llega goteando después de una larga travesía; porque pensar que estas gentes han de tener una mesa regular, y estar cómodos todos los días del año, es pensar en lo excusado. Ya se concibe, pues, que la instalación de una gran mesa de convite era un acontecimiento en aquella casa; así que se había creído capaz de contener catorce personas que éramos en una mesa donde apenas podrían comer ocho cómodamente. Hubimos de sentarnos de medio lado, como quien va a arrimar el hombro a la comida, y entablaron los codos de los convidados íntimas relaciones entre sí con la más fraternal inteligencia del mundo. Colocáronme por mucha distinción entre un niño de cinco años, encaramado en unas almohadas que era preciso enderezar a cada momento porque las ladeaba la natural turbulencia de mi joven adlátere, y entre uno de esos hombres que ocupan en el mundo el espacio y sitio de tres, cuya corpulencia por todos lados se salía de madre de la única silla en que se hallaba sentado, digámoslo así, como en la punta de una aguja. Desdobláronse silenciosamente las servilletas, nuevas a la verdad, porque tampoco eran muebles en uso para todos los días, y fueron izadas por todos aquellos buenos señores a los ojales de sus fraques como cuerpos intermedios entre las salsas y las solapas.
-Ustedes harán penitencia, señores -exclamó el anfitrión una vez sentado-; pero hay que hacerse cargo de que no estamos en Genieys -frase que creyó preciso decir.
Necia afectación es ésta, si es mentira, dije yo para mí; y si verdad, gran torpeza convidar a los amigos a hacer penitencia.
Desgraciadamente no tardé mucho en conocer que había en aquella expresión más verdad de la que mi buen Braulio se figuraba. Interminables y de mal gusto fueron los cumplimientos con que para dar y recibir cada plato nos aburrimos unos a otros.
-Sírvase usted.
-Hágame usted el favor.
-De ninguna manera.
-No lo recibiré.
-Páselo usted a la señora.
-Está bien ahí.
-Perdone usted.
-Gracias.
-Sin etiqueta, señores -exclamó Braulio, y se echó el primero con su propia cuchara.
Sucedió a la sopa un cocido surtido de todas las sabrosas impertinencias de este engorrosísimo, aunque buen plato; cruza por aquí la carne; por allá la verdura; acá los garbanzos; allá el jamón; la gallina por derecha; por medio el tocino; por izquierda los embuchados de Extremadura. Siguiole un plato de ternera mechada, que Dios maldiga, y a éste otro y otros y otros; mitad traídos de la fonda, que esto basta para que excusemos hacer su elogio, mitad hechos en casa por la criada de todos los días, por una vizcaína auxiliar tomada al intento para aquella festividad y por el ama de la casa, que en semejantes ocasiones debe estar en todo, y por consiguiente suele no estar nada.
-Este plato hay que disimularle -decía ésta de unos pichones-; están un poco quemados.
-Pero, mujer...
-Hombre, me aparté un momento, y ya sabes lo que son las criadas.
-¡Qué lástima que este pavo no haya estado media hora más al fuego! Se puso algo tarde.
-¿No les parece a ustedes que está algo ahumado este estofado?
-¿Qué quieres? Una no puede estar en todo.
-¡Oh, está excelente! -exclamábamos todos dejándonoslo en el plato-. ¡Excelente!
-Este pescado está pasado.
-Pues en el despacho de la diligencia del fresco dijeron que acababa de llegar. ¡El criado es tan bruto!
-¿De dónde se ha traído este vino?
-En eso no tienes razón, porque es...
-Es malísimo.
Estos diálogos cortos iban exornados con una infinidad de miradas furtivas del marido para advertirle continuamente a su mujer alguna negligencia, queriendo darnos a entender entrambos a dos que estaban muy al corriente de todas las fórmulas que en semejantes casos se reputan finura, y que todas las torpezas eran hijas de los criados, que nunca han de aprender a servir. Pero estas negligencias se repetían tan a menudo, servían tan poco ya las miradas, que le fue preciso al marido recurrir a los pellizcos y a los pisotones; y ya la señora, que a duras penas había podido hacerse superior hasta entonces a las persecuciones de su esposo, tenía la faz encendida y los ojos llorosos.
-Señora, no se incomode usted por eso -le dijo el que a su lado tenía.
-¡Ah!, les aseguro a ustedes que no vuelvo a hacer estas cosas en casa; ustedes no saben lo que es esto; otra vez, Braulio, iremos a la fonda y no tendrás...
-Usted, señora mía, hará lo que...
-¡Braulio! ¡Braulio!
Una tormenta espantosa estaba a punto de estallar; empero todos los convidados a porfía probamos a aplacar aquellas disputas, hijas del deseo de dar a entender la mayor delicadeza, para lo cual no fue poca parte la manía de Braulio y la expresión concluyente que dirigió de nuevo a la concurrencia acerca de la inutilidad de los cumplimientos, que así llamaba él a estar bien servido y al saber comer. ¿Hay nada más ridículo que estas gentes que quieren pasar por finas en medio de la más crasa ignorancia de los usos sociales; que para obsequiarle le obligan a usted a comer y beber por fuerza, y no le dejan medio de hacer su gusto? ¿Por qué habrá gentes que sólo quieren comer con alguna más limpieza los días de días?
A todo esto, el niño que a mi izquierda tenía, hacía saltar las aceitunas a un plato de magras con tomate, y una vino a parar a uno de mis ojos, que no volvió a ver claro en todo el día; y el señor gordo de mi derecha había tenido la precaución de ir dejando en el mantel, al lado de mi pan, los huesos de las suyas, y los de las aves que había roído; el convidado de enfrente, que se preciaba de trinchador, se había encargado de hacer la autopsia de un capón, o sea gallo, que esto nunca se supo: fuese por la edad avanzada de la víctima, fuese por los ningunos conocimientos anatómicos del victimario, jamás parecieron las coyunturas. «Este capón no tiene coyunturas», exclamaba el infeliz sudando y forcejeando, más como quien cava que como quien trincha. ¡Cosa más rara! En una de las embestidas resbaló el tenedor sobre el animal como si tuviera escama, y el capón, violentamente despedido, pareció querer tomar su vuelo como en sus tiempos más felices, y se posó en el mantel tranquilamente como pudiera en un palo de un gallinero.
El susto fue general y la alarma llegó a su colmo cuando un surtidor de caldo, impulsado por el animal furioso, saltó a inundar mi limpísima camisa: levántase rápidamente a este punto el trinchador con ánimo de cazar el ave prófuga, y al precipitarse sobre ella, una botella que tiene a la derecha, con la que tropieza su brazo, abandonando su posición perpendicular, derrama un abundante caño de Valdepeñas sobre el capón y el mantel; corre el vino, auméntase la algazara, llueve la sal sobre el vino para salvar el mantel; para salvar la mesa se ingiere por debajo de él una servilleta, y una eminencia se levanta sobre el teatro de tantas ruinas. Una criada toda azorada retira el capón en el plato de su salsa; al pasar sobre mí hace una pequeña inclinación, y una lluvia maléfica de grasa desciende, como el rocío sobre los prados, a dejar eternas huellas en mi pantalón color de perla; la angustia y el aturdimiento de la criada no conocen término; retírase atolondrada sin acertar con las excusas; al volverse tropieza con el criado que traía una docena de platos limpios y una salvilla con las copas para los vinos generosos, y toda aquella máquina viene al suelo con el más horroroso estruendo y confusión. «¡Por San Pedro!», exclama dando una voz Braulio difundida ya sobre sus facciones una palidez mortal, al paso que brota fuego el rostro de su esposa. «Pero sigamos, señores, no ha sido nada», añade volviendo en sí.
¡Oh honradas casas donde un modesto cocido y un principio final constituyen la felicidad diaria de una familia, huid del tumulto de un convite de día de días! Sólo la costumbre de comer y servirse bien diariamente puede evitar semejantes destrozos.
¿Hay más desgracias? ¡Santo cielo! ¡Sí las hay para mí, infeliz! Doña Juana, la de los dientes negros y amarillos, me alarga de su plato y con su propio tenedor una fineza, que es indispensable aceptar y tragar; el niño se divierte en despedir a los ojos de los concurrentes los huesos disparados de las cerezas; don Leandro me hace probar el manzanilla exquisito, que he rehusado, en su misma copa, que conserva las indelebles señales de sus labios grasientos; mi gordo fuma ya sin cesar y me hace cañón de su chimenea; por fin, ¡oh última de las desgracias!, crece el alboroto y la conversación; roncas ya las voces, piden versos y décimas y no hay más poeta que Fígaro.
-Es preciso.
-Tiene usted que decir algo -claman todos.
-Désele pie forzado; que diga una copla a cada uno.
-Yo le daré el pie: «A don Braulio en este día».
-Señores, ¡por Dios!
-No hay remedio.
-En mi vida he improvisado.
-No se haga usted el chiquito.
-Me marcharé.
-Cerrar la puerta.
-No se sale de aquí sin decir algo.
Y digo versos por fin, y vomito disparates, y los celebran, y crece la bulla y el humo y el infierno.
A Dios gracias, logro escaparme de aquel nuevo Pandemonio. Por fin, ya respiro el aire fresco y desembarazado de la calle; ya no hay necios, ya no hay castellanos viejos a mi alrededor.

-¡Santo Dios, yo te doy gracias, exclamo respirando, como el ciervo que acaba de escaparse de una docena de perros y que oye ya apenas sus ladridos; para de aquí en adelante no te pido riquezas, no te pido empleos, no honores; líbrame de los convites caseros y de días de días; líbrame de estas casas en que es un convite un acontecimiento, en que sólo se pone la mesa decente para los convidados, en que creen hacer obsequios cuando dan mortificaciones, en que se hacen finezas, en que se dicen versos, en que hay niños, en que hay gordos, en que reina, en fin, la brutal franqueza de los castellanos viejos! Quiero que, si caigo de nuevo en tentaciones semejantes, me falte un roastbeef, desaparezca del mundo el beefsteak, se anonaden los timbales de macarrones, no haya pavos en Périgueux, ni pasteles en Perigord, se sequen los viñedos de Burdeos, y beban, en fin, todos menos yo la deliciosa espuma del champagne.
Concluida mi deprecación mental, corro a mi habitación a despojarme de mi camisa y de mi pantalón, reflexionando en mi interior que no son unos todos los hombres, puesto que los de un mismo país, acaso de un mismo entendimiento, no tienen las mismas costumbres, ni la misma delicadeza, cuando ven las cosas de tan distinta manera. Vístome y vuelo a olvidar tan funesto día entre el corto número de gentes que piensan, que viven sujetas al provechoso yugo de una buena educación libre y desembarazada, y que fingen acaso estimarse y respetarse mutuamente para no incomodarse, al paso que las otras hacen ostentación de incomodarse, y se ofenden y se maltratan, queriéndose y estimándose tal vez verdaderamente.

El Pobrecito Hablador, n.º 7, 11 de diciembre de 1832.


Fuente de los artículos de Larra: la siempre genial Biblioteca Cervantes

martes, mayo 01, 2007

Antonio no es nombre de poeta

Podrán decir, gritarme a la cara, que Antonio no es nombre de poeta, que Dámaso sí es nombre de poeta, que Lope si es nombre de poeta, que Luis o José si es nombre de poeta. Pero que Antonio (¡Antonio!) no es nombre de poeta. ¿Y si les demuestro lo contrario? ¿Y si les demuestro que Antonio es nombre de poeta, de gran poeta? ¿De poeta andaluz, de poeta joven, de poeta con ganas?
Conocí a Antonio Huertas en un foro sobre el Carnaval de Cádiz (no podía ser de otra manera, ¿no? Él ya era un letrista afamado y yo llegaba allí para intentar hacer unos versos más o menos dignos pero que, maldición, nunca se podrían cantar. Dejé la poesía y me di a la prosa, a la narración, mientras él continuaba escribiendo, tanto y tan bien, que publicó por cojones, es decir, de su propio bolsillo. Ya saben como está el mundo literario: gente que no vale ni para rimar amor con dolor publica y tiene cierta fama (no diré nombres, algunos saben a quien me refiero, los que no que piensen) y la gente que, como Antonio y tantos otros, sí que valen, y mucho, tienen que pagarse sus propias ediciones. Entonces, mientras yo me indignaba con este tema frente al ordenador, pensé (es raro, ¿eh?): ¿por qué no proponerle a los dos artistas que conozco que colabores conmigo en el post? Se lo dije al ilustrador: Te voy a mandar un par de poesías, me ilustras la que más te guste, y al poeta: llevo varios días mirando en tu web qué poesía poner en el post que te comenté y solo he conseguido quedarme con el soneto. Y él me mandó las dos poesías que, a su gusto, decidió con la advertencia de: no son nada del otro. Antonio tiene ese problema y es que no tiene confianza en sí mismo, aunque, supongo, que a fuerza de años repitiéndole lo mismo, entenderá que el tío vale, que puede dedicarse a escribir, pero no creo que pueda vivir de esto.
Les dejo con tres muestras de su poesía:

SONETO A MIS POEMAS
Cuando acabo rendido mis poemas,
nace sin prisa la sonrisa que amo,
cicatriza, duele, enfría, envenena,
maldito corazón, eterno esclavo.

Cuando te leo pienso, no eres mío
si te leen pienso, tal vez lo seas,
te quiero tanto, maldito albedrío,
que sucumbe al destino que me apea.

¿dónde irás cuando se apague mi voz?
si terminan las historias que invento,
si mi pluma renuncia y cobra el paro.

Seré joven y pasará el arroz,
seguiré escribiendo nuestros momentos,
pagaré mi error al postor más caro.

Y estos dos últimos pertenecen a su último poemario Tuyo y mío.


ROCÍO

Y allí, en la arena,
entre los dos nació este poema,
este pobre poema de amor, para ti.
Joan Manuel Serrat

Nunca faltará tu nombre, Rocío,
en cada uno de mis poemas.

Nunca faltará tu sonrisa, tu ternura,
la eterna y constante duda
que oculto cada vez que te imagino
dibujando mis versos en el nacimiento de tu boca.


TU CUERPO REFLEJA EL MAR
Es cansado,
por eso al llegar la noche
ella descansa a mi lado,
mis ojos en su costado.
Javier Krahe


No te preocupes no tengo prisa,
desanuda las trenzas que adorna tu pelo,
olvida por un rato lo que hiciste en la oficina,
relaja tu espalda, necesitas descansar.

Si quieres puedo acompañarte
al umbral de los sueños,
hacerte reír hasta que caiga rendida la madrugada,
podría acompasar cada uno de los suspiros
que exprima tu almohada, sentir celos.

Podría permanecer junto a tu sombra
hasta el fin de mis días,
viendo como amanece tu cuerpo desnudo
tras la ventana, cuna de sirenas y veleros.

Les dije, y saben que no miento, que valía la pena. Definitivamente, Antonio es nombre de poeta. Aquí para descargar su primer poemario Mi último verso.
Y aquí para entrar en su sensacional página web.

sábado, abril 28, 2007

Pérez Azaustre

El viernes 27 de abril, como conmemoración de la Feria del Libro de Córdoba, Joaquín Pérez Azaustre, autor cordobés, ahora afincado en Madrid, que se lo ha ido currando poco a poco hasta llegar a tener cierto nombre, dos novelas publicadas, una en fase de ello, y algún que otro poemario. Pérez Azaustre es uno de esos autores cercanos, erudito, pero sin pedantería, que habla cordial y correctamente, aguantando preguntas con guasa y dando capotazos a preguntas difíciles, disparadas con escopeta.
Llegó a las cinco menos cuarto a la cafetería Gaudí, donde departió con nosotros al amparo de un Beefeater con tónica. Tras un rato de coloquio, nos dirigimos a la carpa instalada en el Bulevar, donde ya había gente esperando. Nos sentamos en una mesa donde una señora comenzó a hacer la presentación, hablando sobre el autor y un poco de su obra, después turno para el autor que habló un poco de su toda su obra, sin destripar el libro sobre el que trataba aquella charla- coloquio. Por último, el turno de preguntas para sus lectores... y entra el alcaldable Nieto del Pp a la carpa, y se sienta entre los asistentes. Mi turno es el segundo, le hago una pregunta que responde de manera extensa sobre la metaliteratura. Después, cuando ha acabado la primera ronda, hago mi segunda pregunta referente a su opinión sobre el mundo creativo en la ciudad de Córdoba; dijo una cosa que me hizo mucha gracia: En Córdoba pegas una patá y te salen 800 poetas, y es verdad, es muy cierto. En Córdoba si algo hay son poetas: buenos, malos, regulares, publicables, no publicables. Pero poetas en el sentido extenso de la palabra, hay a montones.
Pero la mejor pregunta fue la de un hombre mayor, sentado en la séptima u octava fila que, después de elogiar a Pérez Azaustre, pregunta sobre la religión en los libros, bueno, preguntar, preguntar... no del todo. Pérez Azaustre le responde como puede, dando un par de capotazos, para al final decir: no sé si me he salido un poco del tema. Fue una pregunta original, pero inapropiada y que ponía entre las cuerdas al autor que podría ganarse algún que otro enemigo en la sala.
Y pasó lo que solo pasa en Córdoba, porque aquí somos así. Un tipejo interrumpía el acto para, acercándose a la presentadora del acto, decir que se acababa, que fuese despidiendo el tema que llegaba (redoble de tambores, tensión al máximo) ANTONIO GALA, el hombre impertinente, el cordobés de fundación, el del Manuscrito carmesí, el de la Pasión turca, el que insulta a sus lectores en un programa de televisión. Ese mismo que, para estar media hora firmando ejemplares de su nueva (y gruesa) novela El pedestal de las estatuas, nos expulsaba de la carpa donde manteníamos una distendida conversación con Pérez Azaustre. Estuve a punto de coger el micrófono e insultar al organizador, y a Antonio Gala y a José Antonio Nieto, pero callé por respeto, por no dar la nota allí, por no decirle al alcaldable pepero que había ido allí sólo para hacerse la foto, y a Antonio Gala que me aburría soberanamente, y al organizador que era un maleducado, un mierdecilla, y algo más.
Pero, bueno, en general todo estuvo bien. Como dato aclaratorio y para que se den cuenta de qué calaña es Gala, cuando ya se sentó en una silla de oficina que habían traído antes de que él apareciese como si fuese una procesión (delante no sé cuantas cámaras, detrás un grupo de veinticinco, treinta personas), dijo, en tono autoritario y cabreado: Cuando se callen ustedes, hablo yo y creo que se escuchó un insulto por fuera de la carpa y que Gala lo escuchó. Entonces, la coordinadora de los clubes de lectura de Córdoba dijo: Yo no voy a ningún lado a que me insulten. Ni yo, amiga, ni yo.

P.D: Recomiendo la lectura de su segunda novela El gran Felton.

viernes, febrero 23, 2007

Desde cuándo, desde dónde

Desde el acantilado de la página en blanco,
desde el malabarista, desde el escalofrío,
desde los pensionistas de la cola del banco,
desde el canto del cisne de un número vacío.
Desde las ecuaciones que no piden permiso,
desde las ambiciones que no ambicionan nada,
desde las tentaciones, desde los compromisos,
desde los barbitúricos, desde las almohadas.
Desde un espejo insomne con lengua de lagarto,
desde el sello de Franco del novio de Fabiola,
desde el zumo de anfetas con peligro de infarto,
desde el solo de humo de una trompeta sola.
Desde el culo de vaso de un corazón miope,
desde el aniversario del gato de mi gata,
desde el agua bendita de limón con sirope,
desde un diente de oro con caries de hojalata.
Desde el pan con aceite del mantel de fulano,
desde el damnificado por el fado de Oporto,
desde las escaleras de incendios del verano,
desde un confesionario con pantalones cortos.
Desde los olivares de la oración del huerto,
desde las despedidas a la hora de acostarse,
desde un paraguas cojo varado en el desierto,
desde el ayer más lejos que pueda recordarse.



Esta es la última del genio Joaquín Sabina, publicado en Interviú. Disfrútenlo.

martes, octubre 31, 2006

Rubén Darío, poesía del siglo XX


Es algo formidable que vio la vieja raza:
robusto tronco de arbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.

Por casco sus cabellos, por pecho su coraza,
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza
,
desjaretar un toro, o estrangular un león.

Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,
le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.

"!El Toqui, el Toqui!" clama la conmovida casta.

Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: 'Basta",
e irguiose la alta frente del gran Caupolicán.

Capoulicán es un poema épico, una historia de las de antes, un cazador, una prueba, el futuro de una tribu.


La princesa está triste... qué tendrá la princesa?
Los, suspiros se escapan de su boca de fresa
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro;
Y en un vaso olvidada se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y, vestido de rojo, pirutea el bufón.
La princesa no ríe la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz!
iO en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

Ay! La pobre princesa de la boca de rosa
·quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar,
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlate,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte;
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real,
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste. La princesa está pálida)
Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
(La princesa está pálida. La princesa está triste)
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

--Calla, calla, princesa--dice el hada madrina--,
en caballo con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con su beso de amor!


Este es un cuento de hadas en verso, Sonatina es un bonito poema descriptivo que cuenta lo que los cuentos deben contar. La poesía debe disfrutarse, y yo intento que los que lean este humilde blog lo hagan.

miércoles, octubre 25, 2006

Bécquer. Sesión para enamorados

Tú eras el huracán y yo la alta
torre que desafía su poder:
¡tenías que estrellarte o que abatirme!
¡No pudo ser!

Tú eras el océano y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén:
¡tenías que romperte o que arrancarme!
¡No pudo ser!
Hermosa tú, yo altivo:acostumbrados
uno a arrollar,el otro a no ceder:
la senda estrecha, inevitable
el choque...
¡No pudo ser!
Y el segundo:
¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo
preguntas? Poesía... eres tú.
Hay un momento, en la vida de todo hombre que llega el amor y entonces, se copia a Bécquer, o se memoriza y luego se recita, para que ella crea que eres un buen poeta, que sabes de amor tanto como este poeta sevillano, pero todo es mentira, ni tu eres poeta ni has escrito eso. Entonces, ella se enamora de la poesía y de Bécquer, hasta el punto de dejarte plantado en el parque con una rosa en la mano. Como decía Lope de Vega: esto es amor, quien lo probó lo sabe.

P.D: Que conste que enamorarse de Bécquer es mejor que enamorarse de muchos otros bestiajos. La verdad es que era guapete, ¿verdad?

jueves, octubre 19, 2006

¡Retiradaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Me llama un amigo a mi casa, eran las 15:40 minutos de la tarde, yo estaba escuchando música mientras escribía, no suelo hacerlo a esas horas, en las que me dedico a leer, pero cambié el chip y lo hice. Pon el tomate, me dice,están hablando de Sabina. Ordeno el cambio de cadena, voy a darme el gustazo de ver a Joaquín Sabina en la televisión, aunque sé que no es para nada bueno, efectivamente, no me equivoco, mientras mantengo el auricular pegado a la oreja oigo como dicen que el libro de Sabina: Sabina en carne viva. Yo también sé jugarme la boca. Dijeron que era por el chiste de Letizia -¿en qué se parece Estefanía de Mónaco a Letizia Ortín? En que la primera se tira a una funambulista y la segunda es una fulana lista-, chiste que contó la misma Princesa de Asturias en una cena con el cantautor y otros más, en el piso de Tirso de Molina. La realidad es muy distinta- y haciendo honor a la verdad fue mencionada por el programa- todo se debe a un problema entre editoriales. Mondodari, editorial que tiene los derechos editoriales de Sabina cree que no es de recibo que una biografía del artista se publique en otra editorial, en este caso EdicionesB. Ahí queda todo, es una retirada cautelar.
Por último dejar el poema publicado por Sabina en Interviú esta semana:

PÓLVORA DEL REY
Para Ortiz Rocasolano, con perdón.

Hasta Elvira Lindo larga,
sin mentar al susodicho,
que un chiste es una descarga,
y, quien lo amarga,
un mal bicho.

Bocazas asilvestrado
que ladra cuando no debe,
el príncipe está enfadado
con razón (Sabino el breve).

Peñainfieles insurgentes,
tricolores ilustrados,
cruzados, peros calientes,
solteros mal divorciados.

Me equivoqué y lo lamento,
más por el vil minuet
que por la viagra del cuento
que me avinagra el café.

No es lo mesmo verlo escrito
que gritarlo en carne viva,
Javi, punto com, dimito
de mi son a la deriva.

¿Cortesano? Mamporrero,
republicano sin ley
que anfitriona al heredero
con la pólvora del rey.

Licor de ombligo forever,
pan de higo, corazón,q
ue nunca te falte un never
ni un amigo ni un pezón.