martes, septiembre 04, 2007

Artículo ingenioso de un tonto que trabaja para Fede

Advierto que los escrito entre paréntesis y en rojo no pertenece al artículo original.

CÓMO ESTÁ EL PATIO
El alcalde amante de la anorexia (Ahí está el tío. Eso es denunciable, ¿no?)
Por Pablo Molina

El alcalde de Varallo Sesia, un pueblo italiano, aunque no sé si "al pie de las montañas" (vean, miren como es tela de gracioso, vamos, para el programa de José Luis Moreno, si es que aún existe), ha decidido subvencionar la pérdida de peso de sus paisanos. Cincuenta eurazos por cada tres kilos que pierdan, además de otros premios que se irán acumulando a medida que la balanza vaya bajando (esto, aunque camuflado es otro chiste del señór Molina).

Según parece, el regidor de la villa está harto de ver a sus votantes hechos unos cerdos y ha decidido poner fin a esa situación tan antiestética(me cago en la literatura... ¿es ironía o lo dice de verdad con tono irónico. Lo del alcalde no tiene nombre). Por cierto, lo de los tres kilos de sobrepeso eliminados se refiere exclusivamente a las mujeres; los hombres deberán acreditar la pérdida de un kilo más para tener acceso a la mamandurria. ¡Será discriminador el tío! (Vaya, eso sí que es una ironía. Este hombre tiene que tener algún libro publicado, seguro)
Lo más curioso de este asunto es que se trata de una localidad pequeña, no de los arrabales de una gran urbe, donde las modas absurdas como esta de la delgadez arraigan con más fuerza. En los pueblos, por el contrario, a la gente le gusta verte "fuertecito", sobre todo si hace tiempo que no vas por allí(¡Toma, chaval! Sí, acaban de leer esa líneas y no se limpien los ojos, es verdad lo que dice: en los pueblos no se quiere ver a gente delgada, los cocidos son de pueblo... y la costumbre de hacer barbacoas también. Cuanto más gordos mejor. Eso de la extrema delgadez no es bueno, claro que no, pero... no, en serio, donde está la cámara, ¿es esto una broma?). Cuando la cerveza veraniega comienza a hacer estragos en tu zona abdominal, la gente mayor del pueblo lo celebra diciéndote "te veo muy repuesto", y lo hacen sin la menor ironía, simplemente porque les agrada verte con la línea de la felicidad bien marcada. Las madres abrazan a sus hijos recién llegados de la capital, sin poder juntar las manos alrededor de la cintura, mientras le dicen orgullosas a las vecinas, "mira qué hermoso está mi zagal". O sea, lo normal. (Sí... eh... claro, claro, eso lo he visto yo. Soy mitad de Pinos Puente, Granada, y cada vez me la lían más por estar gordo. "Deberías perder unos kilos, Paco", me dicen. Sí, pero es verdad... sí... claro, claro, en los pueblos... sí... eso que acaba de decir este señor).
Por eso resulta extraño que las señoras mayores de esa absurda ciudad italiana(¡Toma chaval! Absurda ciudad italiana, ahí está el tío. Haciendo amigos) no hayan colgado al alcalde por las pelotas, pues como se extienda el virus y a la gente le dé por trincar los cincuenta euros a base de laxantes y de forzar el vómito(reírse de eso está muuuuy feo), en un par de semanas están todas las mammas con una depresión del carajo.

Personalmente estimo que ninguna señora por debajo de la talla cuarenta tiene nada interesante que ofrecer. Si está en la cuarenta y dos mucho mejor todavía(Le gustan gorditas la muchacho, como debe ser). Pero eso va en gustos, claro. El problema se plantea cuando todos los vecinos tienen que rascarse el bolsillo para pagar el capricho del alcalde, que por lo visto tuvo que tener una infancia muy desdichada, pues de lo contrario se dedicaría a asuntos más sensatos que a meterse con las saludables lorzas de sus vecinos.
Un pueblo de gordos es un buen lugar para vivir(¡Dios mío! ¿En cuantos lugares con gordos ha vivido este hombre?). La gente oronda tiene una forma de ver la vida mucho más sensata que quienes prefieren correr cada día dos maratones antes de almorzar media hoja de lechuga desgrasada y un yogur desnatado(Hágame caso, señor Molina, eso del "gordito feliz" no es nada más que una patraña. Conozco a "gorditos felices" que no son tal. Detrás de esa sonrisa y esas "lorzas" como usted las llama, algo más peligroso y es un grave problema de aceptación). A estos se les pone una mala leche que les echas sin querer una bocanada de humo y quieren matarte, estés de vacaciones o no. Y sin embargo, avanzadas investigaciones en biogenética ya han dejado claro que hasta los que mantienen su colesterol por debajo de la media de la población de lagartijas de secano y corren diez mil kilómetros a la semana acaban muriendo también. Parece asombroso, pero es la realidad. Ahora bien, si uno prefiere ser el cadáver más saludable del depósito está en su perfecto derecho.
Vean, por otra parte, la esquizofrenia presupuestaria de los políticos: Por un lado hacen campañas contra la anorexia y por el otro la fomentan con prácticas como la que ha puesto en marcha este alcalde capullo(alcalde capullo... ¿articulista capullo? No sé por qué le pongo las interrogaciones). Se gastan un pastón en anuncios para erradicar el alcoholismo y, al mismo tiempo, los ayuntamientos incluyen en sus programas de fiestas, en plan estelar, el inevitable macrobotellón(¿Demagogia? Sí, es cierto, este tipo es... un capullo). ¿A quien van a hacer caso los jóvenes? Pues al alcalde que les prepara esas fiestacas con kalimotxo y "pirulas" (Sí, claro, los jóvenes somos todos unos borrachos y unos pastilleros porque nuestros alcaldes nos lo proporcionan. "Soy el alcalde, ¿cuántas pirulas de Superman quieres? Estas te pegan un pelotazo que está saltando todo el día, además, con el trasvase apenas te va a hacerte falta agua para refrescarte la garganta). Sería bueno que los políticos se aclararan de una vez sobre si nos quieren gordos o delgados, alcohólicos o abstemios, fumadores o candidatos al pulmón del año, etc. Mientras tanto, no estaría de más que dejaran nuestros bolsillos en paz.

Tiene algo de razón, pero solo en esa última frase. Lo demás me ha molestado mucho. No sé quien es más capullo de los dos, sinceramente. Bueno, sólo citar que este artículo está sacado de Libertad Digital.

lunes, agosto 27, 2007

Era yo (relato corto)

La ciudad, apresada en su mundo de brumas y coches, se me asemejaba a un misterio de cemento y árboles; no paraba de caer lluvia torrencial, mantas y mantas de gruesas y largas gotas que estallaban contra el suelo mojándolo. La gente, encerrada en su casa, leía o veía la tele; yo, frente al ordenador era incapaz de hacer nada, echaba tanto de menos a mis amigos que el simple hecho de conectarme al ordenador se me hacía un mundo. Mi padre trabajaba para una empresa que lo había destinado hasta aquel lugar mojado y con olor a pesadumbre. Mi madre, siempre ciega y fiel, había decidido que lo siguiésemos por más que mi padre hubiese insistido en que no era necesario. Así que ahí estábamos, sin conocer a nadie, pasándolo mal y con pocas ganas de hacer nada. Pasaba el día en el instituto donde mi hermana mayor ya se había granjeado algunos amigos y amigas que la seguían a todas partes y la halagaban; yo, sin embargo, me sentaba al final de la clase, esperaba a que dijesen mi nombre al pasar lista y me quedaba allí, sentado, haciendo como que tomaba apuntes mientras miraba al profesor. Para colmo, no soy de esa gente extrovertida a la que no le cuesta nada hacer amigos, con un par de chistes se granjea amistades. No, imposible. Mi carácter tímido me hace retraído, un leve tartamudeo me impide abrirme. Ya me costó hablar el primer día de clase, cuando me hicieron levantarme y hablar de mí, de dónde venía, de mis aficiones, menos mal que el profesor se dio cuenta a tiempo de mi apuro y me sacó de él diciéndome que me sentase. La gente se quedó sorprendida al saber que me gustaba leer, que era muy aficionado y que me podía defender en cualquier conversación literaria de cierto nivel. El profesor me miró. No eres un caso muy común, dijo, con una leve sonrisa. Supongo que estaría orgulloso de mí sin conocerme. Nadie habló conmigo ese día, ni el graciosillo, un tipo delgado y alto que se creía ingenioso, y que copiaba los chistes de un humorista televisivo, pero él jugaba con ventaja: sus compañeros y compañeras- a las que hacía más gracia y se desternillaban con él-. Nunca he soportado que se hiciesen chistes a mi costa, y por culpa de uno de ellos tuve que sacar mi lado malévolo y responder. Dije algo que no recuerdo, solo que todo el mundo me miró, abrió la boca y se volvió. Creo que esa fue mi verdadera perdición. Nunca debía responder, es más, debería haberme reído, pero es que realmente me dolió. Creo que ahí rompí la barrera del ignorado y pasé a la del maltratado. Hay un límite para todo, yo lo sobrepasé contra uno de los pesos pesados, porque, como en casi todos los lados, también había una especie de estamentos que no debían violarse. A lo largo de los días, cuando las putadas se hacían soportables, como el pan de cada día, incluso se me olvidó la pregunta esa de ¿por qué a mí? Pues porque era yo, tan solo por eso, por haber hecho lo que (sé) algunos morían de ganas por hacer. Pasaron entonces del pobre Gabriel- un tipejo gordito, con gafas, bastante tímido- y fueron a por mí, planificando cada día para hacérmelo pasar como si fuese una gran mierda, un detritus vapuleado, sin sentimientos, sin conocimientos. No hay dolor, ahora ya no lo hay, porque he olvidado incluso qué es. Ahora, cuando todo está muy lejos- ni olvidado, ni curado, por supuesto- la retórica es lo único que consigue sacarme de las malditas pesadillas que me acechan aun cuando estoy despierto. Supongo que ya no es miedo, es algo más. Lo peor de todo no fueron los golpes, que dolían más o menos, sino las consecuencias, más que físicas, psicológicas, las que me hicieron entrar en un mar de dudas, cuestionándome hasta lo incuestionable. Movido por el olvido, la violencia, me convertí en una especie de fantasma en carne y hueso, un muerto vivo que no aguantó más de dos semanas el suplicio que no sabía muy bien por qué razón sufría.
Hay un momento en que te derrumbas, y ellos se sienten complacidos, pero lejos de parar intensifican su maldad, son como diablos deseosos de ver el sufrimiento, de sentirlo entre sus manos. Lo peor son las risas orgullosas que todavía hoy resuenan en mi cabeza, como ecos de algo que quiero olvidar y no puedo. Es una maldición de mi cerebro, permanente, que dejó secuelas invisibles, de esas que perduran por el tiempo y que, por más terapia psicológica que se aplique, no se cura. Hay cosas que permanecen en alguna parte de la memoria y que, cuando menos lo esperas, florecen, renacen, resucitan en forma de pesadillas, de recuerdos; y duelen como puñales.
Cuando llegó la ayuda yo era una piltrafa de mí mismo. Alguien que vio una de las vejaciones a las que me veía sometido, fue a hablar con el Jefe de Estudios. Nunca supe quién fue. Pararon una de esas brutales palizas con las que vengaban mi insolencia, porque el director se acercaba con el Jefe de Estudios y dos profesores más. Cogieron a todos los chicos, creo que eran siete u ocho y los encerraron en una sala, a mí en otra con el orientador.
- Hemos llamado a tus padres, vienen para acá. ¿Desde cuándo te ocurre esto?
Quiso tocarme las heridas, pero no lo dejé, interpuse mi mano entre la suya y retiré la cara.
- Vamos, vamos, tranquilo.
No hablé mientras él me sermoneaba con los Derechos Humanos, el deber de habérselo dicho cuanto antes, la rapidez con la que se actúa ahora en estos casos. Él sabía que la mayoría de las cosas que me decía no eran verdad, pero si las creía no iba a ser yo quien despertara a aquel tipo. Pasó tiempo, no sé cuanto y mi madre sin llamar abrió la puerta. Como una furia fue a por el orientador le dijo:
- Se les va a caer el pelo.

Cuando llegué a casa comenzó el interrogatorio. Yo no quería hablar, no lo necesitaba. Durante aquel tiempo había estado callado, durmiendo mal por las noches a causa de los moratones que tenía en todo el cuerpo, de los golpes en la cabeza, de los dolores en los tobillos. En ese momento solo quería descansar, sentirme seguro, lo necesitaba con toda mi alma, lo deseaba. Pero no lo conseguí, tuve que someterme a la vergüenza de contar todas y cada una de las aberraciones a las que me vi sometido, vejado. Comencé como he comenzado esta que es mi historia, después me levanté la camiseta y mi madre contempló asombrada las heridas mal curadas, los golpes dados dos veces en el mismo sitio, la brutalidad humana en un cuerpo adolescente que no se atrevía a pedir clemencia por miedo a recibir más patadas, más puñetazos...



-¿Y por qué crees que te pegaban?- preguntó el psicólogo.
- No sé, doctor, quizás me lo merecía, a lo mejor era una prueba.
- Parece que no hemos adelantado nada. Nadie debe pegar a nadie.
- Ya, doctor.
- Bien. Para el viernes quisiera que me explicases algunas de las cosas que te hicieron. Prepárate para ello. Quiero que te conciencies, si crees que es mejor que me lo traigas escrito... o lo que quieras.
- Gracias, doctor- y se levantó.

Publicado (o eso creo) por Diputación en el certamen de relato corto 2007.

martes, agosto 21, 2007

Los Simpson

El verano comienza para mí cuando es posible ver en casa los dos capítulos seguidos de Los Simpson. Daría un brazo por poder ver las 24 horas del día episodios sin parar, uno tras otro, para no para de reírme con el grandísimo Homer, que ha dado momentos tan espectaculares como estos:


Homer, es, como dijo Matt Groening, su creador: el actor más importante del siglo XX, ¿por qué? Pues lo acaban de ver, además, no tiene cejas.

La familia Simpson está estructurada gracias a la paciencia de Marge, ama de casa incansable y que sabe tomar las decisiones más difíciles en los momentos más disparatados.


Bart es el tocapelotas gamberrete, odiado por todos y cada uno de sus profesores no hace nada más que el vago. Su hermana Lisa, sin embargo, es todo lo contrario: empollona y repipi, sabe corregir al más pintado.
Se llevan fatal.
Por último, la siempre adorable Maggie que apenas habla (hay un capítulo en el que sí lo hace y al final de la película también), tiene momentos muy graciosos.


Infinidad de personajes hacen que Los Simpson sea de las series con mayor audiencia en España. Y eso que los capítulos los han repetido mil veces.(Se recomienda subir el sonido)

jueves, agosto 16, 2007

Hugo Chávez, el humorista

El socialismo que asola con un futuro incierto los Países Sudamericanos, dan a personajes tan peculiares este Chávez. Sus videos en conferencias y su televisión arrasan en YouTube, y de eso va este post, de momentos memorables y de risa de Hugo Chávez.

Allá donde va es apaludido o abucheado porque es uno de esos personajes que o te caen bien desde el principio, o te caen mal para el resto de tu vida. A mí me pasa lo segundo, aunque reconozco que me río de él, o con él, no sé muy bien, por todas esas cosas que dice, algunas veces incluso ingeniosas.

En Venezuela llegó y arrasó, ahora se ha convertido en un personajillo que sueña con hacerse con el poder absoluto, primero silenciando a sus enemigos como Radio Televisión de Caracas, de donde salió el popular Boris Izaguirre, y que tenía entre sus programas uno de una señora gorda que se llama La Bicha y que le daba caña por los cuatro costados; segundo, intenta restaurar la Constitución venezolana para poder ser elegido de nuevo.

Amigo de socialista y comunista como Castro y Morales, Chávez mantiene gracias a su petróleo a Cuba y, en ocasiones, también a Perú. Es por esto, por lo que es una de esas grandes figuras en la América Latina, tanto que incluso ha cambiado la frase de guerra de su ejército que ahora es Socialimo, patria, o muerte.

Sus votantes sabrán a quien votan, digo yo.


Y es que sus peleas televisadas y televisivas con Bush son geniales. Te metiste conmigo, pajarito.





En este video que acaban de ver, Hugo Chávez critica al Bush imperialista y tonto del culo, pero él no se queda atrás, hace lo mismo que él pero mirando para otro lado: para la izquierda.



No les deseo que lo disfruten, pero sí que se rían. Es un gran personaje, de verdad.

lunes, agosto 13, 2007

Larra


Esta mañana pensaba sobre qué publicar en el blog. Se me encendió una idea en alguna parte del cerebro y dije: ¿por qué no hablar sobre Larra? La gente que a mi alrededor paseaba se me quedó mirando, pensando: ¿y quién carajo es Larra? Se preguntaría el personal.
Pues Larra era un detodounpoco del Romanticismo español, pero más que nada articulista conocidísimo en Madrid. De costumbres afrancesadas encontró en esa España oscura, beata y analfabeta un filón para sus artículos críticos que, con maestría, publicaba bajo el nombre de Fígaro.
Pero le pudo el ser un romántico y acabó suicidándose bien joven. Nos dejó Larra unos artículos geniales, una novela histórica, un drama de la época, y algo más.

Les dejo con un par de artículos:

El día de difuntos de 1836

(Fígaro en el cementerio)

En atención a que no tengo gran memoria, circunstancia que no deja de contribuir a esta especie de felicidad que dentro de mí mismo me he formado, no tengo muy presente en qué artículo escribí (en los tiempos en que yo escribía) que vivía en un perpetuo asombro de cuantas cosas a mi vista se presentaban. Pudiera suceder también que no hubiera escrito tal cosa en ninguna parte, cuestión en verdad que dejaremos a un lado por harto poco importante en época en que nadie parece acordarse de lo que ha dicho ni de lo que otros han hecho. Pero suponiendo que así fuese, hoy, día de difuntos de 1836, declaro que si tal dije, es como si nada hubiera dicho, porque en la actualidad maldito si me asombro de cosa alguna. He visto tanto, tanto, tanto... como dice alguien en El Califa. Lo que sí me sucede es no comprender claramente todo lo que veo, y así es que al amanecer un día de difuntos no me asombra precisamente que haya tantas gentes que vivan; sucédeme, sí, que no lo comprendo.
En esta duda estaba deliciosamente entretenido el día de los Santos, y fundado en el antiguo refrán que dice: Fíate en la Virgen y no corras (refrán cuyo origen no se concibe en un país tan eminentemente cristiano como el nuestro), encomendábame a todos ellos con tanta esperanza, que no tardó en cubrir mi frente una nube de melancolía; pero de aquellas melancolías de que sólo un liberal español en estas circunstancias puede formar una idea aproximada. Quiero dar una idea de esta melancolía; un hombre que cree en la amistad y llega a verla por dentro, un inexperto que se ha enamorado de una mujer, un heredero cuyo tío indiano muere de repente sin testar, un tenedor de bonos de Cortes, una viuda que tiene asignada pensión sobre el tesoro español, un diputado elegido en las penúltimas elecciones, un militar que ha perdido una pierna por el Estatuto, y se ha quedado sin pierna y sin Estatuto, un grande que fue liberal por ser prócer, y que se ha quedado sólo liberal, un general constitucional que persigue a Gómez, imagen fiel del hombre corriendo siempre tras la felicidad sin encontrarla en ninguna parte, un redactor del Mundo en la cárcel en virtud de la libertad de imprenta, un ministro de España y un rey, en fin, constitucional, son todos seres alegres y bulliciosos, comparada su melancolía con aquella que a mí me acosaba, me oprimía y me abrumaba en el momento de que voy hablando.
Volvíame y me revolvía en un sillón de estos que parecen camas, sepulcro de todas mis meditaciones, y ora me daba palmadas en la frente, como si fuese mi mal de casado, ora sepultaba las manos en mis faltriqueras, a guisa de buscar mi dinero, como si mis faltriqueras fueran el pueblo español y mis dedos otros tantos gobiernos, ora alzaba la vista al cielo como si en calidad de liberal no me quedase más esperanza que en él, ora la bajaba avergonzado como quien ve un faccioso más, cuando un sonido lúgubre y monótono, semejante al ruido de los partes, vino a sacudir mi entorpecida existencia.
–¡Día de Difuntos! –exclamé.
Y el bronce herido que anunciaba con lamentable clamor la ausencia eterna de los que han sido, parecía vibrar más lúgubre que ningún año, como si presagiase su propia muerte. Ellas también, las campanas, han alcanzado su última hora, y sus tristes acentos son el estertor del moribundo; ellas también van a morir a manos de la libertad, que todo lo vivifica, y ellas serán las únicas en España ¡santo Dios!, que morirán colgadas. ¡Y hay justicia divina!
La melancolía llegó entonces a su término; por una reacción natural cuando se ha agotado una situación, ocurriome de pronto que la melancolía es la cosa más alegre del mundo para los que la ven, y la idea de servir yo entero de diversión...
–¡Fuera –exclamé–, fuera! –como si estuviera viendo representar a un actor español–: ¡fuera! –como si oyese hablar a un orador en las Cortes. Y arrojeme a la calle; pero en realidad con la misma calma y despacio como si tratase de cortar la retirada a Gómez.
Dirigíanse las gentes por las calles en gran número y larga procesión, serpenteando de unas en otras como largas culebras de infinitos colores: ¡al cementerio, al cementerio! ¡Y para eso salían de las puertas de Madrid!
Vamos claros, dije yo para mí, ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio. Pero vasto cementerio donde cada casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza o de un deseo.
Entonces, y en tanto que los que creen vivir acudían a la mansión que presumen de los muertos, yo comencé a pasear con toda la devoción y recogimiento de que soy capaz las calles del grande osario.
–¡Necios! –decía a los transeúntes–. ¿Os movéis para ver muertos? ¿No tenéis espejos por ventura? ¿Ha acabado también Gómez con el azogue de Madrid? ¡Miraos, insensatos, a vosotros mismos, y en vuestra frente veréis vuestro propio epitafio! ¿Vais a ver a vuestros padres y a vuestros abuelos, cuando vosotros sois los muertos? Ellos viven, porque ellos tienen paz; ellos tienen libertad, la única posible sobre la tierra, la que da la muerte; ellos no pagan contribuciones que no tienen; ellos no serán alistados ni movilizados; ellos no son presos ni denunciados; ellos, en fin, no gimen bajo la jurisdicción del celador del cuartel; ellos son los únicos que gozan de la libertad de imprenta, porque ellos hablan al mundo. Hablan en voz bien alta y que ningún jurado se atrevería a encausar y a condenar. Ellos, en fin, no reconocen más que una ley, la imperiosa ley de la Naturaleza que allí les puso, y ésa la obedecen.
–¿Qué monumento es éste? -exclamé al comenzar mi paseo por el vasto cementerio–. ¿Es él mismo un esqueleto inmenso de los siglos pasados o la tumba de otros esqueletos? «¡Palacio!» Por un lado mira a Madrid, es decir, a las demás tumbas; por otro mira a Extremadura, esa provincia virgen... como se ha llamado hasta ahora. Al llegar aquí me acordé del verso de Quevedo: «Y ni los v... ni los diablos veo». En el frontispicio decía: «Aquí yace el trono; nació en el reinado de Isabel la Católica, murió en La Granja de un aire colado». En el basamento se veían cetro y corona y demás ornamentos de la dignidad real. «La Legitimidad», figura colosal de mármol negro, lloraba encima. Los muchachos se habían divertido en tirarle piedras, y la figura maltratada llevaba sobre sí las muestras de la ingratitud.
¿Y este mausoleo a la izquierda? «La armería.» Leamos:
«Aquí yace el valor castellano, con todos sus pertrechos».
Los Ministerios: «Aquí yace media España; murió de la otra media».
Doña María de Aragón: «Aquí yacen los tres años».
Y podía haberse añadido: aquí callan los tres años. Pero el cuerpo no estaba en el sarcófago; una nota al pie decía:
«El cuerpo del santo se trasladó a Cádiz en el año 23, y allí por descuido cayó al mar».
Y otra añadía, más moderna sin duda: «Y resucitó al tercero día».
Más allá: ¡Santo Dios!, «Aquí yace la Inquisición, hija de la fe y del fanatismo: murió de vejez». Con todo, anduve buscando alguna nota de resurrección: o todavía no la habían puesto, o no se debía de poner nunca.
Alguno de los que se entretienen en poner letreros en las paredes había escrito, sin embargo, con yeso en una esquina, que no parecía sino que se estaba saliendo, aun antes de borrarse: «Gobernación». ¡Qué insolentes son los que ponen letreros en las paredes! Ni los sepulcros respetan.
¿Qué es esto? ¡La cárcel! «Aquí reposa la libertad del pensamiento.» ¡Dios mío, en España, en el país ya educado para instituciones libres! Con todo, me acordé de aquel célebre epitafio y añadí involuntariamente:

Aquí el pensamiento reposa,
en su vida hizo otra cosa.

Dos redactores del Mundo eran las figuras lacrimatorias de esta grande urna. Se veían en el relieve una cadena, una mordaza y una pluma. Esta pluma, dije para mí, ¿es la de los escritores o la de los escribanos? En la cárcel todo puede ser.
«La calle de Postas», «la calle de la Montera». Éstos no son sepulcros. Son osarios, donde, mezclados y revueltos, duermen el comercio, la industria, la buena fe, el negocio.
Sombras venerables, ¡hasta el valle de Josafat!
Correos. «¡Aquí yace la subordinación militar!»
Una figura de yeso, sobre el vasto sepulcro, ponía el dedo en la boca; en la otra mano una especie de jeroglífico hablaba por ella: una disciplina rota.
Puerta del Sol. La Puerta del Sol: ésta no es sepulcro sino de mentiras.
La Bolsa. «Aquí yace el crédito español». Semejante a las pirámides de Egipto, me pregunté, ¿es posible que se haya erigido este edificio sólo para enterrar en él una cosa tan pequeña?
La Imprenta Nacional. Al revés que la Puerta del Sol, éste es el sepulcro de la verdad. Única tumba de nuestro país donde a uso de Francia vienen los concurrentes a echar flores.
La Victoria. Ésa yace para nosotros en toda España. Allí no había epitafio, no había monumento. Un pequeño letrero que el más ciego podía leer decía sólo: «¡Este terreno le ha comprado a perpetuidad, para su sepultura, la junta de enajenación de conventos!»
¡Mis carnes se estremecieron! ¡Lo que va de ayer a hoy! ¿Irá otro tanto de hoy a mañana?
Los teatros. «Aquí reposan los ingenios españoles.» Ni una flor, ni un recuerdo, ni una inscripción.
«El Salón de Cortes». Fue casa del Espíritu Santo; pero ya el Espíritu Santo no baja al mundo en lenguas de fuego.

Aquí yace el Estatuto,
vivió y murió en un minuto.

Sea por muchos años, añadí, que sí será: éste debió de ser raquítico, según lo poco que vivió.
«El Estamento de Próceres.» Allá en el Retiro. Cosa singular. ¡Y no hay un Ministerio que dirija las cosas del mundo, no hay una inteligencia previsora, inexplicable! Los próceres y su sepulcro en el Retiro.
El sabio en su retiro y villano en su rincón.
Pero ya anochecía, y también era hora de retiro para mí. Tendí una última ojeada sobre el vasto cementerio. Olía a muerte próxima. Los perros ladraban con aquel aullido prolongado, intérprete de su instinto agorero; el gran coloso, la inmensa capital, toda ella se removía como un moribundo que tantea la ropa; entonces no vi más que un gran sepulcro: una inmensa lápida se disponía a cubrirle como una ancha tumba.
No había «aquí yace» todavía; el escultor no quería mentir; pero los nombres del difunto saltaban a la vista ya distintamente delineados.
«¡Fuera –exclamé– la horrible pesadilla, fuera! ¡Libertad! ¡Constitución! ¡Tres veces! ¡Opinión nacional! ¡Emigración! ¡Vergüenza! ¡Discordia!» Todas estas palabras parecían repetirme a un tiempo los últimos ecos del clamor general de las campanas del día de Difuntos de 1836.
Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.
¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! «¡Aquí yace la esperanza!»
¡Silencio, silencio!

El Español, n.º 368, 2 de noviembre de 1836.


El castellano viejo


Ya en mi edad pocas veces gusto de alterar el orden que en mi manera de vivir tengo hace tiempo establecido, y fundo esta repugnancia en que no he abandonado mis lares ni un solo día para quebrantar mi sistema, sin que haya sucedido el arrepentimiento más sincero al desvanecimiento de mis engañadas esperanzas. Un resto, con todo eso, del antiguo ceremonial que en su trato tenían adoptado nuestros padres, me obliga a aceptar a veces ciertos convites a que parecería el negarse grosería, o por lo menos ridícula afectación de delicadeza.
Andábame días pasados por esas calles a buscar materiales para mis artículos. Embebido en mis pensamientos, me sorprendí varias veces a mí mismo riendo como un pobre hombre de mis propias ideas y moviendo maquinalmente los labios; algún tropezón me recordaba de cuando en cuando que para andar por el empedrado de Madrid no es la mejor circunstancia la de ser poeta ni filósofo; más de una sonrisa maligna, más de un gesto de admiración de los que a mi lado pasaban, me hacía reflexionar que los soliloquios no se deben hacer en público; y no pocos encontrones que al volver las esquinas di con quien tan distraída y rápidamente como yo las doblaba, me hicieron conocer que los distraídos no entran en el número de los cuerpos elásticos, y mucho menos de los seres gloriosos e impasibles. En semejante situación de mi espíritu, ¿qué sensación no debería producirme una horrible palmada que una gran mano, pegada (a lo que por entonces entendí) a un grandísimo brazo, vino a descargar sobre uno de mis hombros, que por desgracia no tienen punto alguno de semejanza con los de Atlante? -No queriendo dar a entender que desconocía este enérgico modo de anunciarse, ni desairar el agasajo de quien sin duda había creído hacérmele más que mediano, dejándome torcido para todo el día, traté sólo de volverme por conocer quien fuese tan mi amigo para tratarme tan mal; pero mi castellano viejo es hombre que cuando está de gracias no se ha de dejar ninguna en el tintero. ¿Cómo dirá el lector que siguió dándome pruebas de confianza y cariño? Echome las manos a los ojos y sujetándome por detrás:
-¿Quién soy? -gritaba alborozado con el buen éxito de su delicada travesura-. ¿Quién soy?
«Un animal», iba a responderle; pero me acordé de repente de quién podría ser, y sustituyendo cantidades iguales:
-Braulio eres -le dije.
Al oírme, suelta sus manos, ríe, se aprieta los ijares, alborota la calle y pónenos a entrambos en escena.
-¡Bien, mi amigo! ¿Pues en qué me has conocido?
-¿Quién pudiera sino tú...?
-¿Has venido ya de tu Vizcaya?
-No, Braulio, no he venido.
-Siempre el mismo genio. ¿Qué quieres?, es la pregunta del español. ¡Cuánto me alegro de que estés aquí! ¿Sabes que mañana son mis días?
-Te los deseo muy felices.
-Déjate de cumplimientos entre nosotros; ya sabes que yo soy franco y castellano viejo: el pan pan y el vino vino; por consiguiente exijo de ti que no vayas a dármelos; pero estás convidado.
-¿A qué?
-A comer conmigo.
-No es posible.
-No hay remedio.
-No puedo -insisto ya temblando.
-¿No puedes?
-Gracias.
-¿Gracias? Vete a paseo; amigo, como no soy el duque de F..., ni el conde de P...
¿Quién se resiste a una sorpresa de esta especie?¿Quién quiere parecer vano?
-Pues si no es eso -me interrumpe-, te espero a las dos; en casa se come a la española; temprano.
Tengo mucha gente: tendremos al famoso X., que nos improvisará de lo lindo; T. nos cantará de sobremesa una rondeña con su gracia natural; y por la noche J. cantará y tocará alguna cosilla.
Esto me consoló algún tanto, y fue preciso ceder: un día malo, dije para mí, cualquiera lo pasa; en este mundo para conservar amigos es preciso tener el valor de aguantar sus obsequios.
-No faltarás, si no quieres que riñamos.
-No faltaré -dije con voz exánime y ánimo decaído, como el zorro que se revuelve inútilmente dentro de la trampa donde se ha dejado coger.
-Pues hasta mañana -y me dio un torniscón por despedida.
Vile marchar como el labrador ve alejarse la nube de su sembrado, y quedeme discurriendo cómo podían entenderse estas amistades tan hostiles y tan funestas.
Ya habrá conocido el lector, siendo tan perspicaz como yo le imagino, que mi amigo Braulio está muy lejos de pertenecer a lo que se llama gran mundo y sociedad de buen tono, pero no es tampoco un hombre de la clase inferior, puesto que es un empleado de los de segundo orden, que reúne entre su sueldo y su hacienda cuarenta mil reales de renta; que tiene una cintita atada al ojal y una crucecita a la sombra de la solapa; que es persona, en fin, cuya clase, familia y comodidades de ninguna manera se oponen a que tuviese una educación más escogida y modales más suaves e insinuantes. Mas la vanidad le ha sorprendido por donde ha sorprendido casi siempre a toda o a la mayor parte de nuestra clase media, y a toda nuestra clase baja. Es tal su patriotismo, que dará todas las lindezas del extranjero por un dedo de su país. Esta ceguedad le hace adoptar todas las responsabilidades de tan inconsiderado cariño; de paso que defiende que no hay vinos como los españoles, en lo cual bien pude de tener razón, defiende que no hay educación como la española, en lo cual bien pudiera no tenerla; a trueque de defender que el cielo de Madrid es purísimo, defenderá que nuestras manolas son las más encantadoras de todas las mujeres: es un hombre, en fin, que vive de exclusivas, a quien le sucede poco más o menos lo que a una parienta mía, que se muere por las jorobas sólo porque tuvo un querido que llevaba una excrecencia bastante visible sobre entrambos omóplatos.
No hay que hablarle, pues, de estos usos sociales, de estos respetos mutuos, de estas reticencias urbanas, de esa delicadeza de trato que establece entre los hombres una preciosa armonía, diciendo sólo lo que debe agradar y callando siempre lo que puede ofender. Él se muere «por plantarle una fresca al lucero del alba», como suele decir, y cuando tiene un resentimiento, se le «espeta a uno cara a cara». Como tiene trocados todos los frenos, dice de los cumplimientos que ya sabe lo que quiere decir «cumplo» y «miento»; llama a la urbanidad hipocresía, y a la decencia monadas; a toda cosa buena le aplica un mal apodo; el lenguaje de la finura es para él poco más que griego: cree que toda la crianza está reducida a decir «Dios guarde a ustedes» al entrar en una sala, y añadir «con permiso de usted» cada vez que se mueve; a preguntar a cada uno por toda su familia, y a despedirse de todo el mundo; cosas todas que así se guardará él de olvidarlas como de tener pacto con franceses. En conclusión, hombres de estos que no saben levantarse para despedirse sino en corporación con alguno o algunos otros, que han de dejar humildemente debajo de una mesa su sombrero, que llaman su «cabeza», y que cuando se hallan en sociedad por desgracia sin un socorrido bastón, darían cualquier cosa por no tener manos ni brazos, porque en realidad no saben dónde ponerlos, ni qué cosa se puede hacer con los brazos en una sociedad.
Llegaron las dos, y como yo conocía ya a mi Braulio, no me pareció conveniente acicalarme demasiado para ir a comer; estoy seguro de que se hubiera picado; no quise, sin embargo, excusar un frac de color y un pañuelo blanco, cosa indispensable en un día de días en semejantes casas; vestime sobre todo lo más despacio que me fue posible, como se reconcilia al pie del suplicio el infeliz reo, que quisiera tener cien pecados más que contar para ganar tiempo; era citado a las dos, y entré en la sala a las dos y media.
No quiero hablar de las infinitas visitas ceremoniosas que antes de la hora de comer entraron y salieron en aquella casa, entre las cuales no eran de despreciar todos los empleados de su oficina, con sus señoras y sus niños, y sus capas, y sus paraguas, y sus chanclos, y sus perritos; dejome en blanco los necios cumplimientos que se dijeron al señor de los días; no hablo del inmenso círculo con que guarnecía la sala el concurso de tantas personas heterogéneas, que hablaron de que el tiempo iba a mudar, y de que en invierno suele hacer más frío que en verano. Vengamos al caso: dieron las cuatro y nos hallamos solos los convidados. Desgraciadamente para mí, el señor de X., que debía divertirnos tanto, gran conocedor de esta clase de convites, había tenido la habilidad de ponerse malo aquella mañana; el famoso T. se hallaba oportunamente comprometido para otro convite; y la señorita que tan bien había de cantar y tocar estaba ronca, en tal disposición que se asombraba ella misma de que se la entendiese una sola palabra, y tenía un panadizo en un dedo. ¡Cuántas esperanzas desvanecidas!
-Supuesto que estamos los que hemos de comer -exclamó don Braulio-, vamos a la mesa, querida mía.
-Espera un momento -le contestó su esposa casi al oído-, con tanta visita yo he faltado algunos momentos de allá dentro y...
-Bien, pero mira que son las cuatro.
-Al instante comeremos.
Las cinco eran cuando nos sentábamos a la mesa.
-Señores -dijo el anfitrión al vernos titubear en nuestras respectivas colocaciones-, exijo la mayor franqueza; en mi casa no se usan cumplimientos. ¡Ah, Fígaro!, quiero que estés con toda comodidad; eres poeta, y además estos señores, que saben nuestras íntimas relaciones, no se ofenderán si te prefiero; quítate el frac, no sea que le manches.
-¿Qué tengo de manchar? -le respondí, mordiéndome los labios.
-No importa, te daré una chaqueta mía; siento que no haya para todos.
-No hay necesidad.
-¡Oh!, sí, sí, ¡mi chaqueta! Toma, mírala; un poco ancha te vendrá.
-Pero, Braulio...
-No hay remedio, no te andes con etiquetas.
Y en esto me quita él mismo el frac, velis nolis, y quedo sepultado en una cumplida chaqueta rayada, por la cual sólo asomaba los pies y la cabeza, y cuyas mangas no me permitirían comer probablemente. Dile las gracias: ¡al fin el hombre creía hacerme un obsequio!
Los días en que mi amigo no tiene convidados se contenta con una mesa baja, poco más que banqueta de zapatero, porque él y su mujer, como dice, ¿para qué quieren más? Desde la tal mesita, y como se sube el agua del pozo, hace subir la comida hasta la boca, adonde llega goteando después de una larga travesía; porque pensar que estas gentes han de tener una mesa regular, y estar cómodos todos los días del año, es pensar en lo excusado. Ya se concibe, pues, que la instalación de una gran mesa de convite era un acontecimiento en aquella casa; así que se había creído capaz de contener catorce personas que éramos en una mesa donde apenas podrían comer ocho cómodamente. Hubimos de sentarnos de medio lado, como quien va a arrimar el hombro a la comida, y entablaron los codos de los convidados íntimas relaciones entre sí con la más fraternal inteligencia del mundo. Colocáronme por mucha distinción entre un niño de cinco años, encaramado en unas almohadas que era preciso enderezar a cada momento porque las ladeaba la natural turbulencia de mi joven adlátere, y entre uno de esos hombres que ocupan en el mundo el espacio y sitio de tres, cuya corpulencia por todos lados se salía de madre de la única silla en que se hallaba sentado, digámoslo así, como en la punta de una aguja. Desdobláronse silenciosamente las servilletas, nuevas a la verdad, porque tampoco eran muebles en uso para todos los días, y fueron izadas por todos aquellos buenos señores a los ojales de sus fraques como cuerpos intermedios entre las salsas y las solapas.
-Ustedes harán penitencia, señores -exclamó el anfitrión una vez sentado-; pero hay que hacerse cargo de que no estamos en Genieys -frase que creyó preciso decir.
Necia afectación es ésta, si es mentira, dije yo para mí; y si verdad, gran torpeza convidar a los amigos a hacer penitencia.
Desgraciadamente no tardé mucho en conocer que había en aquella expresión más verdad de la que mi buen Braulio se figuraba. Interminables y de mal gusto fueron los cumplimientos con que para dar y recibir cada plato nos aburrimos unos a otros.
-Sírvase usted.
-Hágame usted el favor.
-De ninguna manera.
-No lo recibiré.
-Páselo usted a la señora.
-Está bien ahí.
-Perdone usted.
-Gracias.
-Sin etiqueta, señores -exclamó Braulio, y se echó el primero con su propia cuchara.
Sucedió a la sopa un cocido surtido de todas las sabrosas impertinencias de este engorrosísimo, aunque buen plato; cruza por aquí la carne; por allá la verdura; acá los garbanzos; allá el jamón; la gallina por derecha; por medio el tocino; por izquierda los embuchados de Extremadura. Siguiole un plato de ternera mechada, que Dios maldiga, y a éste otro y otros y otros; mitad traídos de la fonda, que esto basta para que excusemos hacer su elogio, mitad hechos en casa por la criada de todos los días, por una vizcaína auxiliar tomada al intento para aquella festividad y por el ama de la casa, que en semejantes ocasiones debe estar en todo, y por consiguiente suele no estar nada.
-Este plato hay que disimularle -decía ésta de unos pichones-; están un poco quemados.
-Pero, mujer...
-Hombre, me aparté un momento, y ya sabes lo que son las criadas.
-¡Qué lástima que este pavo no haya estado media hora más al fuego! Se puso algo tarde.
-¿No les parece a ustedes que está algo ahumado este estofado?
-¿Qué quieres? Una no puede estar en todo.
-¡Oh, está excelente! -exclamábamos todos dejándonoslo en el plato-. ¡Excelente!
-Este pescado está pasado.
-Pues en el despacho de la diligencia del fresco dijeron que acababa de llegar. ¡El criado es tan bruto!
-¿De dónde se ha traído este vino?
-En eso no tienes razón, porque es...
-Es malísimo.
Estos diálogos cortos iban exornados con una infinidad de miradas furtivas del marido para advertirle continuamente a su mujer alguna negligencia, queriendo darnos a entender entrambos a dos que estaban muy al corriente de todas las fórmulas que en semejantes casos se reputan finura, y que todas las torpezas eran hijas de los criados, que nunca han de aprender a servir. Pero estas negligencias se repetían tan a menudo, servían tan poco ya las miradas, que le fue preciso al marido recurrir a los pellizcos y a los pisotones; y ya la señora, que a duras penas había podido hacerse superior hasta entonces a las persecuciones de su esposo, tenía la faz encendida y los ojos llorosos.
-Señora, no se incomode usted por eso -le dijo el que a su lado tenía.
-¡Ah!, les aseguro a ustedes que no vuelvo a hacer estas cosas en casa; ustedes no saben lo que es esto; otra vez, Braulio, iremos a la fonda y no tendrás...
-Usted, señora mía, hará lo que...
-¡Braulio! ¡Braulio!
Una tormenta espantosa estaba a punto de estallar; empero todos los convidados a porfía probamos a aplacar aquellas disputas, hijas del deseo de dar a entender la mayor delicadeza, para lo cual no fue poca parte la manía de Braulio y la expresión concluyente que dirigió de nuevo a la concurrencia acerca de la inutilidad de los cumplimientos, que así llamaba él a estar bien servido y al saber comer. ¿Hay nada más ridículo que estas gentes que quieren pasar por finas en medio de la más crasa ignorancia de los usos sociales; que para obsequiarle le obligan a usted a comer y beber por fuerza, y no le dejan medio de hacer su gusto? ¿Por qué habrá gentes que sólo quieren comer con alguna más limpieza los días de días?
A todo esto, el niño que a mi izquierda tenía, hacía saltar las aceitunas a un plato de magras con tomate, y una vino a parar a uno de mis ojos, que no volvió a ver claro en todo el día; y el señor gordo de mi derecha había tenido la precaución de ir dejando en el mantel, al lado de mi pan, los huesos de las suyas, y los de las aves que había roído; el convidado de enfrente, que se preciaba de trinchador, se había encargado de hacer la autopsia de un capón, o sea gallo, que esto nunca se supo: fuese por la edad avanzada de la víctima, fuese por los ningunos conocimientos anatómicos del victimario, jamás parecieron las coyunturas. «Este capón no tiene coyunturas», exclamaba el infeliz sudando y forcejeando, más como quien cava que como quien trincha. ¡Cosa más rara! En una de las embestidas resbaló el tenedor sobre el animal como si tuviera escama, y el capón, violentamente despedido, pareció querer tomar su vuelo como en sus tiempos más felices, y se posó en el mantel tranquilamente como pudiera en un palo de un gallinero.
El susto fue general y la alarma llegó a su colmo cuando un surtidor de caldo, impulsado por el animal furioso, saltó a inundar mi limpísima camisa: levántase rápidamente a este punto el trinchador con ánimo de cazar el ave prófuga, y al precipitarse sobre ella, una botella que tiene a la derecha, con la que tropieza su brazo, abandonando su posición perpendicular, derrama un abundante caño de Valdepeñas sobre el capón y el mantel; corre el vino, auméntase la algazara, llueve la sal sobre el vino para salvar el mantel; para salvar la mesa se ingiere por debajo de él una servilleta, y una eminencia se levanta sobre el teatro de tantas ruinas. Una criada toda azorada retira el capón en el plato de su salsa; al pasar sobre mí hace una pequeña inclinación, y una lluvia maléfica de grasa desciende, como el rocío sobre los prados, a dejar eternas huellas en mi pantalón color de perla; la angustia y el aturdimiento de la criada no conocen término; retírase atolondrada sin acertar con las excusas; al volverse tropieza con el criado que traía una docena de platos limpios y una salvilla con las copas para los vinos generosos, y toda aquella máquina viene al suelo con el más horroroso estruendo y confusión. «¡Por San Pedro!», exclama dando una voz Braulio difundida ya sobre sus facciones una palidez mortal, al paso que brota fuego el rostro de su esposa. «Pero sigamos, señores, no ha sido nada», añade volviendo en sí.
¡Oh honradas casas donde un modesto cocido y un principio final constituyen la felicidad diaria de una familia, huid del tumulto de un convite de día de días! Sólo la costumbre de comer y servirse bien diariamente puede evitar semejantes destrozos.
¿Hay más desgracias? ¡Santo cielo! ¡Sí las hay para mí, infeliz! Doña Juana, la de los dientes negros y amarillos, me alarga de su plato y con su propio tenedor una fineza, que es indispensable aceptar y tragar; el niño se divierte en despedir a los ojos de los concurrentes los huesos disparados de las cerezas; don Leandro me hace probar el manzanilla exquisito, que he rehusado, en su misma copa, que conserva las indelebles señales de sus labios grasientos; mi gordo fuma ya sin cesar y me hace cañón de su chimenea; por fin, ¡oh última de las desgracias!, crece el alboroto y la conversación; roncas ya las voces, piden versos y décimas y no hay más poeta que Fígaro.
-Es preciso.
-Tiene usted que decir algo -claman todos.
-Désele pie forzado; que diga una copla a cada uno.
-Yo le daré el pie: «A don Braulio en este día».
-Señores, ¡por Dios!
-No hay remedio.
-En mi vida he improvisado.
-No se haga usted el chiquito.
-Me marcharé.
-Cerrar la puerta.
-No se sale de aquí sin decir algo.
Y digo versos por fin, y vomito disparates, y los celebran, y crece la bulla y el humo y el infierno.
A Dios gracias, logro escaparme de aquel nuevo Pandemonio. Por fin, ya respiro el aire fresco y desembarazado de la calle; ya no hay necios, ya no hay castellanos viejos a mi alrededor.

-¡Santo Dios, yo te doy gracias, exclamo respirando, como el ciervo que acaba de escaparse de una docena de perros y que oye ya apenas sus ladridos; para de aquí en adelante no te pido riquezas, no te pido empleos, no honores; líbrame de los convites caseros y de días de días; líbrame de estas casas en que es un convite un acontecimiento, en que sólo se pone la mesa decente para los convidados, en que creen hacer obsequios cuando dan mortificaciones, en que se hacen finezas, en que se dicen versos, en que hay niños, en que hay gordos, en que reina, en fin, la brutal franqueza de los castellanos viejos! Quiero que, si caigo de nuevo en tentaciones semejantes, me falte un roastbeef, desaparezca del mundo el beefsteak, se anonaden los timbales de macarrones, no haya pavos en Périgueux, ni pasteles en Perigord, se sequen los viñedos de Burdeos, y beban, en fin, todos menos yo la deliciosa espuma del champagne.
Concluida mi deprecación mental, corro a mi habitación a despojarme de mi camisa y de mi pantalón, reflexionando en mi interior que no son unos todos los hombres, puesto que los de un mismo país, acaso de un mismo entendimiento, no tienen las mismas costumbres, ni la misma delicadeza, cuando ven las cosas de tan distinta manera. Vístome y vuelo a olvidar tan funesto día entre el corto número de gentes que piensan, que viven sujetas al provechoso yugo de una buena educación libre y desembarazada, y que fingen acaso estimarse y respetarse mutuamente para no incomodarse, al paso que las otras hacen ostentación de incomodarse, y se ofenden y se maltratan, queriéndose y estimándose tal vez verdaderamente.

El Pobrecito Hablador, n.º 7, 11 de diciembre de 1832.


Fuente de los artículos de Larra: la siempre genial Biblioteca Cervantes

jueves, agosto 09, 2007

Destinos vacacionales

Ahora que empieza agosto la ciudad se va quedando vacía. Parece mentira pero la gente tiene dinero para irse de vacaciones. Algunos eligen la costa de la provincia malagueña para convertirla en una Córdoba a escala, sin mezquita y sin coches que llevan la música tan alta que es imposible mantener una conversación cuando pasas al lado de ellos o se paran en un semáforo. Fuengirola y toda esa zona olvida en ceceo típico para convertirse en un cordobesista seseo. Cuando vuelven, los cordobeses tornan de su blanco pálido, casi enfermizo, en un color anaranjado no más saludable que el anterior.
Algunos cordobeses, los menos, eligen como destino vacacional ciudades europeas. Deciden coger el avión y plantarse en París, en Londres, Amsterdam y otras tantas ciudades. También están los que se dan en cuerpo y alma a los lugares exóticos y hacen viajes a lugares como Indonesia, India, Japón, o dios sabrá.
Otros optan por el turismo puramente y visitan ciudades como Úbeda y Baeza, o Granada, u otras, con tal de ir un par de días a la playita.

Los que somos pobres y además tenemos que estudiar para septiembre (preparo tranquilamente un post de venganza) nos conformamos con la piscina de Lepanto, ahora llena de gentuza por doquier, y con la saga de novelas de Pepe Carvalho, que me entretengo en leer con la velocidad que me caracteriza.

domingo, agosto 05, 2007

Mi nueva serie favorita

Weeds es una de esas series americana que si mi amigo Jesús no se hubiese descargado, yo hubiese pasado del tema. Ni siquiera había oído hablar de ella, no me sonaba ni la cara de la protagonista, de la que ahora me he enamorado locamente. Me sonaba la canción de los anuncios de Cuatro y poco más.
No es una serie corriente. Humor ácido, bestial en ocasiones, y sensacionales actores se mezclan en una comedia sobre una mujer viuda cuyo único recurso para sobrevivir en la idílica ciudad de Agrestic es vender marihuana. Agrestic es uno de esos barrios de clase media-alta, más bien tirando a alta... mejor vean la presentación de la serie y verán como es éste barrio:


Mary-Louise Parker es Nancy Botwin, la sufrida madre que vende marihuana y tiene que soportar como su criada la chantajea, su hijo mayor es un gamberro, su hijo pequeño es el típico rarito y su cuñado un yonqui, además de un pasota que sólo quiere a las mujeres para aliviar sus deseos sexuales (que forma más bonita de decir que sólo quiere a las tías para follárselas). Además, su mejor amiga es una loca que no quiere a su marido y que está obsesionada porque su hija adelgace. Su hija la insulta y pasa de ella con el apoyo del padre que, por cierto, es uno de los compradores de marihuana, al igual que Doug, su contable. Su proveedora de marihuana es una negra con muy mala leche y cuyos diálogos tienen gran cantidad de motes para Nancy Botwin (culo blanco, blancanieves, copito de nieve...). También está Conrad, el sobrino de ésta, que es negro y está enamorado de Nancy. La primera temporada de Weeds contiene diez capítulos y la doce quince que no duran más de veinticinco minutos, tipo serie de animación. La tercera se estrena el 13 de agosto en Estados Unidos con la incorporación de nuevos personajes.
Ahora, ahí van algunas fotos de los personajes que componen la primera y segunda temporada de la serie:
Nancy Botwin

Sylas y Shane Botwin



Andy Botwin

Celia Hodes
Dean Hodes





Isabelle Hodes



Heylia James


Conrad Shepard


Lupita

Doug Wilson

Por último, un par de videos sobre la serie:



jueves, agosto 02, 2007

Fuegos

El verano es la época, además de los veraneos, de los fuegos. Fuegos que arrasan millares de hectáreas porque a algún loco le ha dado por echar a arder todo un parque natural, sin pensar nada más que en su satisfacción personal, en sentirse realizado.
El incendio de Canarias, por ejemplo, fue una de esas maldades humanas, irrefrenables, que hacen que nuestro cerebro quede a la altura del vetún: un guardia forestal que no iba a ser renovado. Dice uno de los jefecillos: Miraremos con lupa a quien contratamos. ¡No, lupa no, que seguro que le pegas fuego a algo! Miren, no es cuestión de fijarse más en la gente a la que contratan, sino que sepan que son gente cualificada y a la que no se le va a ir la cabeza para cometer tal atrocidad.
O como en Córdoba (Cerro Muriano, concretamente) donde se continúa usando en verano un campo de tiro sabiendo que es peligroso, y esto ha quedado demostrado. Fuego y más fuego que sólo puede ser apagado con aviones cisterna y helicópteros. Explosión fortuita. Claro que sí.

Pero bueno, supongo que el fuego es parte del verano, porque si no hay fuego no hay verano, y si en las noticias no dicen que el viento dificulta las labores de extinción, pues como que el verano queda un poco vacío, aunque prefiero un verano vacío que un verano lleno de fuegos.

lunes, julio 30, 2007

Seguimos hablando de música

Que la industria musical hoy en día es algo más que una verdadera mierda, no es ninguna sorpresa, todo el mundo lo sabe y está a la vista en cuanto entras en la sección de música de cualquier centro comercial te dan un puñetazo en el tímpano con el refrito del Caribe Mix, pero para mí el verano es época de descubrimiento musical, si antes hablé de Jere y coloqué algunos videos de mi selección personal, ahora voy a hablar de Miguel Poveda, un cantaor de esos de corazón, algo especial. He aquí su biografía. Parece que lleva mucho tiempo currando, pero que hace poco dio el pelotazo.
Aquí unos tangos, Buenas intenciones.


Y un regalito, que al menos a mí me lo parece y es que Miguel Poveda canta con Pasión Vega una de mis canciones favoritas y que, creo, puse en el blog hace tiempo: El rumbo de tus pasos.

Pero claro, ya que hablamos de Pasión Vega, siempre genial y a la que también le dediqué un post. Esta canción es muy bonita: Tan poquita cosa.


Pero ya que estamos hablando de música, dar dos noticias para la gente a la que, como a mí, les gusta Fito Páez y Andrés Calamaro. El primero saca disco, según la revista argentina Soy Rock, este quince de agosto, se titulará Rodolfo, como el nombre de pila del propio cantante y contendrá once canciones. La propia revista describe el disco como un álbum diferente a todo lo que Fito Páez hizo previamente. Es un disco de canciones nuevas que Páez escribió para tocar como solista, con su voz y con su piano, una frase atrás de la otra. Nada más y nada menos. El resultado es un Fito que se despliega a gusto, libre, sin ninguna limitación a través de los distintos climas, temas, ambientes, ritmos y velocidades que se suceden de canción en canción. Fito Páez, uno de los grandes artistas de la música argentina contemporánea, tiene una obra discográfica inigualable, exitosa, en formato eléctrico, acústico, con distintas bandas, en colaboración… este es su primer y único disco solo con piano. Es un clásico antes de nacer. Solo él y su piano.
Andrés Calamaro, en cambio, sacará disco, roquerín como siempre, a mediados de septiembre y se titulará: La lengua popular, cuyo adelanto es este que les pongo a continuación (Cinco minutos más- Minibar):


Y aquí su portada:



Y una fotito promocional. Cada vez se parece más a Morrison:


Por último, disfrútenlo.

viernes, julio 27, 2007

Las azoteas

Las azoteas son esas zonas comunes que están sobre el último piso y que no suelen estar tapadas. La gente sube en invierno para tender, a riesgo de que caiga un soberano chaparrón; y los pobres las usamos en verano para tomar el sol a la hora en la que más probabilidades hay de que nos salgan esas pequitas cancerígenas tan odiosas.
Las azoteas, desde las cuatro de la tarde hasta las siete, más o menos, suelen usarse, como ya he dicho, para tomar el sol. Suben en su mayoría señoritas que se embadurnan de crema protectora o de aceite (¿de coco?) para ponerse morenitas antes de ir a la piscina justo cuando la abren. También suelen subir hombrecitos que sueñan con ser metrosexuales (¿sigue esto de moda?) y que están depilados. Ellos también se echan crema y aceite (¿de otra cosa que no sea de coco?), para estar tan o más bronceados que las muchachitas. Las azoteas, en definitiva, son el precalentamiento para el veranito. Pero, en esos instantes, cuando estás tomando el sol a las cinco y pico de la tarde, con las gafas chungas que has pillado de los moros del centro, también puedes conversar y se habla de todo, doy fe. De veranos pasados, de otras conversaciones en veranos anteriores, de otras conversaciones en otras azoteas sobre veranos anteriores... E infinidad de cosas que han ocurrido en la época estival. Se habla, por supuesto, de lo que hemos hecho en el curso y se critica con mala leche (mala follá, para los de Granada) a los profesores que el verano anterior ya tenían la misma fama de cabroncetes, naturalmente se habla de lo mal que te ha ido y de la jugarreta que te ha hecho el profesor que parecía más tonto. Algunos hemos jugado a las cartas y hemos fumado algún cigarrillo antes de que subiera el vecino de turno para decir que allí no se podía armar ruido que era la hora de la siesta.
Las azoteas, además, también sirven para subir por la noche y charlar tranquilamente hasta las tantas, sentado, por supuesto, en la misma hamaca en la que te habías sentado por la tarde. Yo prefiero subir de noche, cuando imaginas que hay brisa y puedes encender la luz para que los mosquitos se arremolinen a tu alrededor y te piquen en las rodillas (lugar donde más molesta que te piquen, sin duda). Por la noche se suele jugar a las cartas y subir al perro para que campe a sus anchas por allí para que se dé cuenta de que eso es lo más próximo a la libertad que va a vivir. Suele orinar y defecar por doquier pero el dueño o dueña dice eso de luego lo recogeré, y allí queda unos días. En las azoteas, de noche, puedes montarte incluso un pequeño botellón y beber a gusto con tus vecinos, que son de tu edad y suelen tener las misma inquietudes que tú: Si me bebo esto... ¿me pasará algo? Mientras, nuestros hermanos mayores ya incluso comienzan a fumar sus primero canutos. Los pequeños, sin embargo, tenemos que quedarnos con algún que otro cigarrillo y oler el humo que nuestros hermanos echan por la boca. Se cena algún bocadillo de tortilla francesa y algunos paquetes de patatas Matutano, de esas que son fantasmas y que todos llamamos pandilla porque parece que nos gusta el idioma luso.

Las azoteas son, en definitiva, un mundo por explotar. Todavía queda mucho por hacer en ellas. Pueden ensuciarse más, y utilizarse más.
Y esto va para los vecinos plastas que siempre tienen que subir a las tres y media de la mañana de un miércoles a cortarnos el rollo porque ellos, dicen, tienen que trabajar. Lo siento mucho, se jode, si su hijo no fuese un asocial subiría con nosotros. Lo sentimos pero no vamos a bajar la música de Camela porque usted nos lo pida: no, no y no.

miércoles, julio 25, 2007

Rafael Gómez no está en Órgiva

¡Ay! El verano está malayo perdido porque ahora sale la lista de la gente que el juez no se ha tragado su historieta (o declaración, llámenlo como quieran) y entre ellos está (redoble de tambores y eso) Rafael Gómez, el constructor cordobés que tiene a media Córdoba y a medio ayuntamiento (de izquierdas, eso sí) con la manita puesta, esperando un pagaré.
En Córdoba no se habla mucho de Rafael porque no conviene, y a la mínima ya están señalando y es que tiene razón el dicho: no muerdas la mano que te da de comer. Subcontratas y obras que empiezan sin permiso, son el pan de cada día de este gran tipejo que, para colmo, debe estar sensacionalmente asesorado y tener más dinero del que creemos.
Rafael Gómez es una institución aquí, solo comparable con... ¿El Pocero? Pues algo así. Aquí hay un solar, aquí construyo. Aquí tengo unas naves, las tiro y construyo. ¿Productos de China a bajo precio? Los vendo sin permiso. Y parece que no le va mal del todo, porque el tío está forradín, forradín.
Pero en Órgiva también hay tema, y es que en este pueblo de la Alpujarra granadina hay un asentamiento de hippies que, al parecer, están desviando agua de una acequia para su uso personal. Los agricultores están, por lo tanto, en pie de guerra ya que no pueden regar con normalidad. No sé como va esto, pero bueno. Los hippies además, están acampados en un parque natural donde si cualquiera de nosotros hiciésemos lo mismo, estaríamos ya en la cárcel o llamados a declarar.
Es por esto por lo que pido a Rafael Gómez que entregue alguno de sus chalecitos adosados, algunos de sus pisos amueblados... cualquier cosa, a esta pandilla de hippies.
Unos tanto y otros tampoco.

Que el juez del Olmo nos pille confesados.

martes, julio 24, 2007

El Solitario

¡Lo han pillado! ¡Lo han pillado... en Portugal! Allí iba el solitario a dar su nuevo golpe, pero parece que la Policía española, que no lo hace tan mal como altos cargos del PP creen, ha sido esta vez más hábil que el delicuente y lo ha cogido casi con las manos en la masa.
Todo comenzó en Toro, provincia de Zamora, donde parece que El Solitario cuidó poco huida y algunos testigos lo vieron salir en una Kangoo.
Jaime Giménez tenía cincuenta y un años y un gusto especial por Brasil, donde se decía que tenía una mulata que le ponía tan a cien que iba cada vez que daba un golpe. Allí en Brasil gastaba el dinero que robaba, aunque también aquí, que la manutención a su mujer no se pasa sola. Al parece, Jaime tomaba el robo como su trabajo, como el que va cada día a la oficina, y cada vez que se le acababa el sueldo, volvía a delinquir.
Personaje frío El Solitario, que planificaba su plan meticulosamente para que no hubiese ningún error. Tenía dos cuadernos: uno para la entrada y otro para la huida.
En su casa se han encontrado diversas armas, matrículas falsas y, lo más extraño, moldes faciales que, supongo, servían para hacerse máscaras de látex.
Recientemente separado y con dos hijos, El Solitario vivía en Las Rozas, Madrid y tenía una nave en la localidad de Pinto donde guardaba diferente material explosivo.
Gran personaje este Jaime, lo que hace el amor y el estar parado.
He aquí algunos videos sobre el reportaje realizado en Cuarto Milenio (Cuatro). Lo siento, no había nada más potable en todo Youtube, así que imagínense que sería lo peor.





viernes, julio 20, 2007

El Jueves ya no es santo

Parece mentira, pero hoy en día no se pueden hacer portadas donde la princesa Letizia y el príncipe Felipe estén fornicando y diciendo que no trabajan. ¡Con lo graciosa que es! (No el fornicio, sino la portada, digo).

¿Hasta donde llega la libertad de expresión? No soy monárquico, ni mucho menos, pero sí creo que el respeto debe ser primordial y esta portada pues, sinceramente, no lo era, aunque sí muy graciosa.
Pero no está mal, nada mal.

lunes, julio 16, 2007

¡Miedo!

En el programa Fenómenos, de la Sexta puedes encontrarte a diversos personajes: desde su presentadora, algo tonta incluso haciéndose pasar por tonta, y a este tipo del que quiero hablar hoy. Más que hablar de él, de las cosas que dice, y como las dice.
En YouTube encuentras videos de este niño, que ahora es algo más mayor y sigue en sus trece, es un predicador de los que dan miedo, de verdad.







Véanlo y ya me comentarán. A mí me da miedo y estoy pensando no dormir esta noche en casa por culpa de este niño que más parece un pitufo resabiado, el pitufo gruñón, algo así. Pero miren su evolución.


Ahora es menos apasionado que antes, pero sigue hablando igual.
Se llama Nezareth Castillo, y es un predicador sudamericano.
Por cierto, y para terminar, mi apoyo a la candidatura y a los creativos del video del Getafe.


Ya me contarán, ya...

viernes, julio 13, 2007

El ángel y el demonio

Estaba claro que la juventud, en su mayoría, íbamos a ver como un ídolo del rock en español se explayaba con nosotros al lado del sensacional Serrat, al que también admiro mucho.
Reconozco que soy más de Sabina que de Serrat aunque me sabía todas las canciones que cantaron tanto uno como otro.
Comenzaron algo tarde y de una manera muy original: Iñaki Gabilondo decía que los dos estaban en el hospital y enfermos y que el concierto se suspendía, se veían ambulancias y un reportero llamado Raúl que confirmaba lo que Gabilondo ya había dicho, después una nueva conexión al plató donde decía que sí, que el concierto comenzaba. Luces fuera, la batería que suena, también las guitarras y el bajo, el piano de Miralles y de nuevo las luces blancas que los iluminaban cantando el Ocupen su localidad de Sabina mezclada con la optimista Hoy puede ser un gran día de Serrat. En el primer gag que nos tienen preparado, los dos hacen como que discuten, se echan mucha mierda uno sobre el otro, pero se nota que todo es un broma, que se divierten y que tienen ganas de divertirse. Deja a Serrat solo con la amenaza de que Sabina volverá. Canta dos canciones en solitario ( Pueblo blanco y Algo personal) de su autoría y una de Sabina que cantan a medias al final, se unen los dos pájaros y cantan algunas canciones entre los dos, después se queda solo Sabina y canta algunas de sus canciones que hace que la gente coree con él. Se sucede una nueva discusión y muy buenos temas, canciones de las que todo el mundo se sabe, de las que alguien ha escuchado como sin quererlo, todo esto acompañado de un gran ambiente (alrededor de doce mil personas abarrotaban el estado El Arcángel) y de mucha predisposición para el cachondeíto de los dos cantautores que se insultaban cariñosamente y que se dedicaban puyitas como por ejemplo en una renovada versión de la canción de Serrat No hago otra cosa que pensar en ti en la que los dos se daban caña, naturalmente de broma.
Versiones sensacionales de las canciones del contrario como A la orilla de la chimenea cantada por Serrat con su voz dulce, sentado en el escenario, cantándolo acompañado dulcemente por la orquesta, o la versión de Penélope de Sabina, que acabaron cantando a medias y que todo el mundo cantó con ellos, como en casi todas las canciones que se lo merecían como Mediterráneo, Fiesta, Cantares o Toca madera (irónica canción sobre las supersticiones que destroza una a una todas ellas y que acaba diciendo: recuerda que pisar mierda trae buena suerte), de Serrat o Princesa, la rockerísima Pacto entre caballeros que todos cantamos como locos, Contigo, Pastillas para no soñar (que, por cierto, es mi canción favorita del mundo mundial y que llevo como una especie de himno personal) o el Y nos dieron las diez, de Sabina.
Uno de los momentos cuando la gente más se animó fue cuando Serrat comenzó a cantar una canción que de pronto se hizo rumba en voz de Sabina, empalmaron con Ruido que todo el mundo cantó, después con 19 días y 500 noches para terminar con una rumba de Peret que ellos cambiaron y que decía que no estamos muertos no, no, que no estamos muertos no, no, que estamos tomando cañas, lerelelé. Aplaudimos enfervorecidos.
Se vistieron de piratas para cantar La del pirata cojo y nos hicieron reír haciéndonos una foto para que, según dijo Serrat, Sabina que es de pueblo las enseñase cuando fuese a Úbeda. Bailaron, cantaron, se rieron y nos hicieron reír. Creo que ellos se divirtieron tanto como nosotros, o más, desde distintas posiciones. Además, era el cumpleaños del guitarrista de Sabina, Pancho Varona, al que le cantamos el cumpleaños feliz y que el agradeció mucho.
La lista de canciones, creo que al completo, es esta. No va en orden:
Ocupen su localidad-Hoy puede ser un gran día ;Pueblo blanco; Algo personal ;No hago otra cosa que pensar en ti ;Princesa; Más de cien mentiras ;Tu nombre me sabe a yerba; A la orilla de la chimenea; Pacto entre caballeros; Aquellas pequeñas cosas- Ruido- 19 días y 500 noches- El muerto vivo (Peret); Contigo; Que se llama soledad; Para la libertad; Cantares; La del pirata cojo; Penélope; Y sin embargo; Fiesta; Pastillas para no soñar; Lucía; Poema de amor; Calle melancolía; Peces de ciudad; Mediterráneo; Es caprichoso el azar; Noches de boda; Toca madera; Eva tomando el sol; Y nos dieron las diez; Despedida.

Un gran, grandísimo concierto, que no creo que olvide en mucho tiempo, esperemos que nunca. Más de dos horas y media de diversión, buena música y risas. Se llevaron el aplauso de Córdoba y las ganas de volver a verlos un millón de veces más, juntos o separados, eso me da igual. Espero que se haga realidad lo que dijo Serrat en el programa de Buenafuente: Joaquín, estaba buscando el momento más oportuno para decirte que me han llamado hoy para decir que vamos a hacer un DVD con los conciertos, espero que también uno de esos disquitos en directo.
Próximamente algunas fotos y videos del concierto.
Por supuesto, mi compañía fue genial: José Manuel, Princesa Polaca...


martes, julio 10, 2007

Inmigración e integración
España vive hoy día una de las peores olas de inmigración. Entre pateras, vuelos desde Sudamérica y los países del este con carta blanca, el país tiene serias dificultades para controlar a todos y cada uno de los ciudadanos de fuera.
Nuestras costas, sobretodo Canarias y ciertas zonas de Andalucía, reciben oleadas y oleadas de indocumentados que ven en España la Tierra Prometida donde se les colmará de dinero y otras riquezas,donde podrán vivir tranquilamente, con un trabajo bien pagado y, además podrán mantener a su familia. Mentira. Además los que vienen en pateras o cayucos (¿pero no son lo mismo?) eran apenas el cinco por cierto de todos los que entrar sin ningún control aunque parezca mentira, por lo aeropuertos entraban (o entran, no puedo asegurarlo) muchos más que por la costa, amén de ser más barato. Estos son los verdaderamente maltratados: hay algunos que los odian por ser moros, otros porque hacen honor a su incultura diciendo que vienen a robarnos y otros, en este caso mujeres, porque huelen mal (verídico). La realidad es que son una pandilla de explotados: ya sea recogiendo fresa o en cualquier otro oficio, son los pobres desgraciados que tienen que callarse por no decir que eso que cobran es una mierda, y que quieren dormir más de seis horas. Sí, es lo mismo de siempre con los patrones de siempre, bueno, los hijos de los de antes. Además, hasta que aprenden el idioma y pueden manejarse con un poco de soltura son engañados repetidas veces.
Los sudamericanos tienen el idioma para que su llegada sea más fácil. ¿Indocumentados? La mayoría, pero no por ello tardan en encontrar trabajo en cualquier lugar: repartidor, reponedor, mozo de almacén, asistenta... tienen todo un abanico donde elegir porque el idioma hace mucho. Pero claro, España es un país de racistillas de medio pelo y necesitan llamar sudaca a todo aquel que sea más moreno o tenga facciones indias, porque los occidentales, a veces, son así. Hay algunos que vienen con permiso de trabajo, al igual que los anteriores.
Los rumanos, del este, vienen a España (en particular a Córdoba) a malvivir de vender chatarra. Son los rumanos- gitanos, esos que no quieren ni en su país, y a los que, sé de buena tinta, que no les gusta trabajar y por eso prefieren buscar en la basura de los supermercados o ocupar casas sin permiso, aunque después sí que salen en la televisión diciendo que en el Cortijo de Lagartijo hay muchas ratas (ya han sido expulsados de allí y ahora están cerca de Urende). Además, son verdaderamente molestos cuando vienen a pedir una, dos y mil veces a la mesa en la que estás de charla con tus amigos. Pero, en España, esta gente viene, se instala y vive tan tranquilamente, sin una policía de inmigración que merezca la pena.
Por último, los orientales. ¡Estos sí que son verdaderos trabajadores! Aunque bien es verdad que traen al traste el mercado de los cedés y deuvedés de España (¿Música?¿Película?, dicen casi sin respirar), montan bazares donde compras cosa de mala calidad al precio de la mala calidad, tiendas de chucherías o, por supuesto, restaurantes chinos. Vienen a trabajar aunque alguna pandilla de niñatos intenten ponérselo difícil. (Para conocer la situación de los chinos en mi barrio, pincha aquí)

España no está acostumbrada a ser un país desarrollado: miramos a los negros con sorpresa, hacemos comentarios jocosos sobre la japonesa que estudia en nuestro instituto, o insultamos a los moros a la primera de cambio. También hay algunos partidos políticos, en su mayoría bebedores de la extrema derecha, que aseguran que España con tanto inmigrante, se va a pique, como por ejemplo España2000 que dice que representa a una mayoría de los españoles aunque a mí, particularmente, no me representa para nada.


(No sé por qué el blog no me deja poner títulos)

domingo, julio 08, 2007

La Alhambra no ha sido elegida como una de las maravillas del mundo. Una pena. Las siete maravillas elegidas son:

La Gran Muralla China

Ciudad de Petra en Jordania

Cristo Redentor en Río de Janeiro


Machu Pichu en Perú

El Coliseo en Roma


Chichén Itzá en México




Taj Mahal en India

Pirámides de Egipto


Son, al fin y al cabo, siete maravillosas maravillas y eso que la Alhambra tira bastante (ya saben, mitad de allí, mitad de Córdoba). He votado todos los días en la web, y como yo, otros tantos andaluces y, espero, de otras partes de España.


Pero mejor que yo, lo explica José Manuel a su justa manera.


viernes, julio 06, 2007

El canon es injusto

Un cedé de primeras marcas, como Verbatim o Traxdata, cuesta unos ocho céntimos su fabricación, sin embargo, por estas tierras, te los venden a, aproximadamente y según donde los compres, por unos cincuenta céntimos. Un deuvedé de las mismas marcas anteriores cuesta fabricarlo unos diez o doce euros, sin embargo, aquí los venden por unos cincuenta.
La SGAE ha cambiado de cabezas visibles, creo que ahora el que va manejando el cotarro es Caco Senante, pero no ha cambiado de intentar sacarnos los cuartos por eso de la propiedad intelectual. Este es un tema espinoso: pongamos por ejemplo un disco de hace diez años, cuando comenzaron a usarse los cedés. Ese disco está en Emule y en cualquier tienda, como es natural, está descatalogado. Descargo el archivo y quiero grabarlo para llevarlo en el coche (¿pero tienes coche?// A mí que me registren, si ni siquiera tengo carnet), pero soy considerato un ladrón, un maldito ladrón, lo mismo que la gente quiere los discos para grabar fotos personales, videos personales o documentos de cualquier tipo.
Para la SGAE soy un ladrón porque quiero grabar de un cedé original una copia para regarlársela a un amigo. Soy un ladrón porque me gusta la música y no puedo pagarla. Soy un ladrón porque me gustan las películas de Chaplin y no las encuentro en deuvedé, o no puedo gastarme en un pack del Corte Inglés cincuenta o sesenta euros.
La SGAE son los que nos están verdaderamente chupando la sangre cuando (y esto es un caso verídico) a alguien que se registra en esta sociedad y no venda lo estipulado no se le da ni un duro, pero ellos sí que tragan, o gente que ha escrito canciones como el Aserejé o cualquier otra por el estilo, se está llevando una pasta gansa.

Tengo miedo, veo a Teddy Bautista tras de mí: Te estás bajando la tercera temporada de 24 del Emule... y a Caco Senante: Te estás bajando el último disco de Miguel Poveda, cuando deberías ir a la tienda y comprarlo... Y yo diciéndole a Caco: Pero, muyayo, si no lo encuentro...

lunes, julio 02, 2007

Nostalgia

Hoy en casa de mi amigo Jesús, mientras veíamos algunas cosillas en una página de internet, encontramos el video de la canción introductoria a la serie D'artacán y los mosqueperros, una serie que me hizo recordar mi infancia (que no está tan lejos aunque mi barba diga lo contario): esas series que yo veía de pequeño, frente al televisor, cuando todavía este aparato significaba algo para mí, cuando conseguía entretenerme y que me olvidase de que todo el mundo no era de plastilina.
Algunas de mis series favoritas han sido (y serán, naturalmente) las que me contaban historias de fantasía, nadie puede creerse que alguien viva en el submundo y que se llamen los Fraggle Rock, o que un perro al que se le pone la nariz roja sea capaz de luchar contra un malvado Richelieu que creo que no se llamaba así, o David el Gnomo, o los Fruitis... muchas series que me han hecho recordar mi infancia, cuando estaba sentado en el sillón de casa, sin conocer de la vida nada más que lo que me enseñaban los personajes del cuadrado de enfrente.
Comenzaremos por la serie que me hizo, más tarde, conocer a Alejandro Dumas y absorver su novela Los tres mosqueteros, con la que me divertí muchísimo hace algunos veranos...


Tampoco estaban nada mal los primeros muñecos de trapo que vi en mi vida: ellos eran los Fraggle Rock, una serie que a mí me hacía reir a carcajadas y que, recuerdo, siempre odié a los trols que querían acabar con ellos. Actualmente, es la canción que suenan cuando me llaman al móvil.


También estaba David, el Gnomo cuya serie nunca logré acabar, pero me gustaba esa mezcla de fantasía y futuro cambio climático además de él aprendí eso de son cien veces más fuerte que tú y veloz... y fue una especie de himno, no por lo de fuerte, mucho menos por lo de veloz, pero sí por lo que venía a continuación: ... y siempre estoy de buen humor... Años más tarde me enteré de que la serie acababa en que David y su mujer se convertían en árboles algo que me traumatizó mucho, pero he logrado superarlo y, ¡mírenme! ahora tengo un blog.


Los Mundos de Yupi hicieron por mí más que el propio Espinete, me encantaba el Señor de Hojalata y Yupi, como se tiraba por un tobogán... sí, tengo vagos recuerdos de esta serie, pero me encantaba.


Otra serie de mi infancia que recuerdo con afecto es la de Willy Fog viajando por el mundo o la de Viaje al centro de la tierra, las dos basadas en las novelas de Julio Verne. Recuerdo un personajes con acento andaluz que se llama Tico y un refinado gato afrancesado, Rigodón.


Después estaban los Fruitis, Oliver y Benji, Barrio Sésamo o los Caballeros del Zodíaco, Transformers..., algo más mayor, Bola de dragón, los geniales Simpsons, Family Guy o American Dad...
















¡Ay, qué nostalgia! Será que me estoy haciendo mayor.
Por cierto, este post va dedicado a mi amigo Jesús que me dio la idea y unos cuantos deuvedés hoy en su casa.