Rafael Gómez no está en Órgiva
¡Ay! El verano está malayo perdido porque ahora sale la lista de la gente que el juez no se ha tragado su historieta (o declaración, llámenlo como quieran) y entre ellos está (redoble de tambores y eso) Rafael Gómez, el constructor cordobés que tiene a media Córdoba y a medio ayuntamiento (de izquierdas, eso sí) con la manita puesta, esperando un pagaré.
En Córdoba no se habla mucho de Rafael porque no conviene, y a la mínima ya están señalando y es que tiene razón el dicho: no muerdas la mano que te da de comer. Subcontratas y obras que empiezan sin permiso, son el pan de cada día de este gran tipejo que, para colmo, debe estar sensacionalmente asesorado y tener más dinero del que creemos.
Rafael Gómez es una institución aquí, solo comparable con... ¿El Pocero? Pues algo así. Aquí hay un solar, aquí construyo. Aquí tengo unas naves, las tiro y construyo. ¿Productos de China a bajo precio? Los vendo sin permiso. Y parece que no le va mal del todo, porque el tío está forradín, forradín.
Pero en Órgiva también hay tema, y es que en este pueblo de la Alpujarra granadina hay un asentamiento de hippies que, al parecer, están desviando agua de una acequia para su uso personal. Los agricultores están, por lo tanto, en pie de guerra ya que no pueden regar con normalidad. No sé como va esto, pero bueno. Los hippies además, están acampados en un parque natural donde si cualquiera de nosotros hiciésemos lo mismo, estaríamos ya en la cárcel o llamados a declarar.
Es por esto por lo que pido a Rafael Gómez que entregue alguno de sus chalecitos adosados, algunos de sus pisos amueblados... cualquier cosa, a esta pandilla de hippies.
Unos tanto y otros tampoco.
Que el juez del Olmo nos pille confesados.

Pero no está mal, nada mal.
España vive hoy día una de las peores olas de inmigración. Entre pateras, vuelos desde Sudamérica y los países del este con carta blanca, el país tiene serias dificultades para controlar a todos y cada uno de los ciudadanos de fuera.






Son, al fin y al cabo, siete maravillosas maravillas y eso que la Alhambra tira bastante (ya saben, mitad de allí, mitad de Córdoba). He votado todos los días en la web, y como yo, otros tantos andaluces y, espero, de otras partes de España. 

Estos días hacen las maletas; guardan reposo en Madrid, donde Serrat acaba de estrenar casa, y paren con ensayos y sesiones de trabajo esmerado Dos pájaros de un tiro, la gira que les llevará durante seis meses por España y América. Desde el 29 de junio, cuando arrancan en Zaragoza, hasta el 20 de diciembre, que cerrarán el quiosco en Montevideo (Uruguay), recalarán en cerca de 60 ciudades, polideportivos, plazas de toros..., en un periplo que apuesta antes por la espectacularidad, con más de diez músicos en la banda, que por el intimismo que tan magistralmente han sabido dominar ellos en otros escenarios más recogidos.
No hace falta casi preguntar qué razones les han llevado a juntarse. No lo habían hecho nunca hasta ahora en gira ni en disco. Lo primero, el puro capricho, el gustazo de compartir escenario entre dos que se admiran. Después, quizá, algo que últimamente les ha unido más si cabe: la sensación de gozar de otra oportunidad grande en sus vidas, de haber sido premiados con una suerte de resurrección.
El palo físico le replegó, y después no pudo evitar "la nube negra". Con esa precisión es como metaforea a la depresión la letra que le hizo para su canción del mismo título el poeta Luis García Montero, uno de sus amigos entre "los poetas líricos", con Ángel González, Caballero Bonald, Benjamín Prado y él, entre otros, a la cabeza, y a los que Sabina agradece siempre haberle sacado del hoyo en sus días más oscuros: "Aquello me vino por tener la sensación de envejecer regular, tirando a mal, y porque la nariz ya sólo me servía para respirar", dice el artista.
Tampoco es difícil deducir quién organiza el cotarro y quién se encomienda a las órdenes, el horario, la hoja de ruta y el ritmo que marca Serrat sin que esto genere el más mínimo resquemor en Sabina, que se conoce, que se autoproclama anárquico, caótico y al que no es difícil oír una y otra vez: "Lo que tú digas, Nano".


Los jóvenes solo pensamos en beber. Preferimos manifestarnos por poder beber en la calle que, por ejemplo, tener derecho a una vivienda digna, a unos estudios dignos, o, incluso, a un trabajo digno. Nos gusta beber, drogarnos, fumar hachís como el que toma agua, bailar reggaeton, tener posters de cualquier raperillo poetastro en nuestra habitación y discutir con nuestros padres, nuestros profesores, faltar al respeto a nuestros mayores, tener blogs de una clase entera... (¡QUE LO DEMUESTREN!). En definitiva, la cuenta quedaría así más o menos: 












